Con el tiempo he aprendido que los tópicos no son siempre ciertos.
Que cuando sales con ganas de fiesta no siempre sale bien, o que cuando bebes mucho, no siempre te lanzas más. Que los viernes por la tarde no siempre se pueden celebrar, y los domingos por la noche a veces te apetece salir de casa.
Los lunes por la mañana son bonitos si los empiezas con las personas adecuadas, y París no es la ciudad del amor, si tú has construido la tuya propia. Tu canción favorita no siempre va a ser la que necesitas, y ese chico que te mira de reojo, a veces lo hace por subirse el ego.
Hay miles de playas, pero no en todas da el sol, y un día de verano, sobre todo na miña terra puede oscurecerse por una tormenta. Y los amigos para siempre,... qué tópico más desgastado, ese sí que no es cierto... O eso pensaba, hasta que iluminaste mis días con una luz que nunca se apagó. Las mañanas de lunes empezaron a ser un poco más de viernes, y en las noches de sábado o de domingo, nunca me faltó una sonrisa. Y como siempre has querido, hoy te toca ser musa de mis escritos.
No sé a dónde vamos a partir de ahora, ni tampoco sé muy bien de dónde venimos. No sé si acabaremos aquí, allá, o en ninguna parte. Puede que tú a Boston y yo a California, y ojalá, pero como en la vieja película siempre nos tirará un poquito a la una de la otra.
Porque tú me abriste puertas que siempre habían estado cerradas. Pusiste tu risa escandalosa en cada uno de los días en los que la mía necesitaba que le llamasen para salir. La sinceridad en persona, me enseñaste que la vida no siempre es bella, sólo si tomas las decisiones adecuadas, y yo... yo nunca fui de decisiones. Fuiste bastón cuando quedé algo coja de ilusiones, y dejaste que mi cojera te aguantase aunque no fuese el mejor apoyo, pero sí el que elegiste.
Elegiste la bipolaridad y la cabezonería, sólo porque esta amistad no acabase, pudiendo haber elegido a alguien más fácil, y que me eligieses a mí entre gotas de dulzura y cariño sueltas por el mundo, es algo que muy pocas personas se atrevieron a hacer.
Y pasarán los años y como siempre ha pasado, yo tan loca y tú tan cuerda, mi alma libre me llevará a dónde diga el viento, mientras que la tuya se anclará cual barco al primer puerto seguro. Pero el viento leva anclas, y los buenos marineros a veces calman al viento. Que las diferencias que nos separan son las que equilibran la balanza. Y, sinceramente, he estado pensándolo y quizás no me disguste tanto esto del equilibrio.
Feliz cumpleaños.
viernes, 5 de junio de 2015
martes, 12 de mayo de 2015
Sólo vencen luchadorxs.
Éramos distintos pero con un objetivo común. Nos gustaba la lucha y asumir riesgos y, entre medias, un par de besos tras un estandarte.
La injusticia era nuestra peor enemiga, solíamos terminar de forma justa con cada argumento en su defensa.
Él era como el Che que había liberado mi Cuba, o al menos, así me gustaba decirlo, pues a veces pensaba que él había sido la chispa que había despertado mi libertad. Crecí prisionera de miedos e inseguridades, pero él por fin me había enseñado a abrir la celda y tirar la llave.
El amor y la revolución, unidas en una misma bandera, creando un mundo que ardía de pasión. Pasión en mis ideas y en sus inquietudes. Pasión en cada voz por encima de la multitud y en cada puño en alto gritando por dignidad.
Corríamos delante de sirenas y luces rojas, para escapar del lobo que quería comerse nuestra ilusión, de aquellas que nos daban por perdidas, pero seguían pisándonos los talones para jodernos cada paso.
Lo mejor: íbamos a la aventura, tu rival eran los planes y yo enamorada del caos. Y nos daba igual qué gigante quisiese pisar nuestro pequeño huerto, pues la semilla de la rebeldía daba cada vez más fruto.
Bailábamos a ritmo de ska y gritábamos todas la letras que llevaban la palabra "revolución" que éramos capaces de aprender.
Caminábamos con paso firme, saltábamos acantilados y corríamos bajo la lluvia. Nunca teníamos miedo.
Sería una buena forma de morir, el morir peleando, pero morir no entraba en nuestros planes nunca trazados. Porque las luchadoras no mueren hasta que muere su lucha, y nuestra lucha no iba a morir hasta conseguir nuestro objetivo. Un objetivo que no moriría hasta que muriese el camino hacia él. Pero como él decía siempre "el camino que sigo es la esperanza que me das con tu forma de soñar". Y esa esperanza, sólo se perdería cuando se marchitase cada sentimiento.
Y lo nuestro, lo que sentíamos... ¡ay! No sé si sería tu droga, mi locura, o las pocas ganas de despertar, pero estábamos tan ciegos que creíamos que nunca iba a morir.
La injusticia era nuestra peor enemiga, solíamos terminar de forma justa con cada argumento en su defensa.
Él era como el Che que había liberado mi Cuba, o al menos, así me gustaba decirlo, pues a veces pensaba que él había sido la chispa que había despertado mi libertad. Crecí prisionera de miedos e inseguridades, pero él por fin me había enseñado a abrir la celda y tirar la llave.
El amor y la revolución, unidas en una misma bandera, creando un mundo que ardía de pasión. Pasión en mis ideas y en sus inquietudes. Pasión en cada voz por encima de la multitud y en cada puño en alto gritando por dignidad.
Corríamos delante de sirenas y luces rojas, para escapar del lobo que quería comerse nuestra ilusión, de aquellas que nos daban por perdidas, pero seguían pisándonos los talones para jodernos cada paso.
Lo mejor: íbamos a la aventura, tu rival eran los planes y yo enamorada del caos. Y nos daba igual qué gigante quisiese pisar nuestro pequeño huerto, pues la semilla de la rebeldía daba cada vez más fruto.
Bailábamos a ritmo de ska y gritábamos todas la letras que llevaban la palabra "revolución" que éramos capaces de aprender.
Caminábamos con paso firme, saltábamos acantilados y corríamos bajo la lluvia. Nunca teníamos miedo.
Sería una buena forma de morir, el morir peleando, pero morir no entraba en nuestros planes nunca trazados. Porque las luchadoras no mueren hasta que muere su lucha, y nuestra lucha no iba a morir hasta conseguir nuestro objetivo. Un objetivo que no moriría hasta que muriese el camino hacia él. Pero como él decía siempre "el camino que sigo es la esperanza que me das con tu forma de soñar". Y esa esperanza, sólo se perdería cuando se marchitase cada sentimiento.
Y lo nuestro, lo que sentíamos... ¡ay! No sé si sería tu droga, mi locura, o las pocas ganas de despertar, pero estábamos tan ciegos que creíamos que nunca iba a morir.
martes, 10 de marzo de 2015
Como un huracán.
Me gusta que todo tú seas una revolución. Me gustan los subidones de adrenalina, el riesgo que corro a tu lado. El "carpe diem", el vivir al día.
Tienes las ideas claras y luchas por lo que quieres y, eso, también me gusta. Me gusta, además, que no te importe lo que los demás piensen, que vayas como quieras, donde quieras, con quien quieras y a hacer lo que quieras. Que la gente no te arrastre, que puedas ir contra el giro del mundo, y aun así no darte la vuelta. Eso, eso me encanta.
Me gusta como miras directamente a los ojos, con decisión, y como ves a través de los demás, lo bueno y lo malo, pero recordando sólo lo bueno.
Cuando estoy contigo, me gusta como brillas al hablar sobre justicia, sobre un futuro mejor, como te apasionas al hablar de romper las reglas para conseguir un mundo algo más humano. Me gusta como te sorprendes cuando te hablo de mis sueños, mis ilusiones, y ves que son menos superficiales de lo que esperabas, que no son tan diferentes a los tuyos.
Pero lo que más me gusta es la forma que tienes de hacerme sentir especial. Es muy diferente a la del resto, ya que no haces que me sienta especial para ti, si no especial en sí, en mí, como si toda yo pudiese con el mundo, como si no te necesitase a ti, ni a nadie más, y eso, quizás, me haga necesitarnos más.
Tienes las ideas claras y luchas por lo que quieres y, eso, también me gusta. Me gusta, además, que no te importe lo que los demás piensen, que vayas como quieras, donde quieras, con quien quieras y a hacer lo que quieras. Que la gente no te arrastre, que puedas ir contra el giro del mundo, y aun así no darte la vuelta. Eso, eso me encanta.
Me gusta como miras directamente a los ojos, con decisión, y como ves a través de los demás, lo bueno y lo malo, pero recordando sólo lo bueno.
Cuando estoy contigo, me gusta como brillas al hablar sobre justicia, sobre un futuro mejor, como te apasionas al hablar de romper las reglas para conseguir un mundo algo más humano. Me gusta como te sorprendes cuando te hablo de mis sueños, mis ilusiones, y ves que son menos superficiales de lo que esperabas, que no son tan diferentes a los tuyos.
Pero lo que más me gusta es la forma que tienes de hacerme sentir especial. Es muy diferente a la del resto, ya que no haces que me sienta especial para ti, si no especial en sí, en mí, como si toda yo pudiese con el mundo, como si no te necesitase a ti, ni a nadie más, y eso, quizás, me haga necesitarnos más.
domingo, 21 de diciembre de 2014
Llega el puto invierno.
He llegado a la conclusión de que el invierno está sobrevalorado.
En verano todos pensamos en las ganas que hay de invierno, del ambiente navideño, de los jerseys gigantescos, de los abrazos tan cálidos. Qué bonito parece el invierno como lo muestran en las películas americanas con la ciudad pintada de blanco y el amor de tu vida empaquetado bajo el árbol.
Lo siento, pero pensemos en la cruda realidad. Acaba el verano, y el otoño ya anticipa el invierno. Todo empieza a volverse gris, las hojas se caen, y el frío cala los huesos. Las calles se vacían más temprano, y un montón de maletas sobrevuelan el país dejando sueños atrás y con las esperanzas puestas en volver a recogerlos.
Uno por uno, los amores del verano, los amigos de campamento, la familia creada en aquel crucero, todo vuelve a su cauce, y empieza el estado de verano imaginario. Es un despertar por la mañana pensando que se sigue en el mismo sitio que en agosto, e imaginar día y noche lo que habría sido y no fue por no durar el verano un mes más.
Con los años la llegada al invierno es más dura, más adioses en septiembre y menos holas en diciembre. La gente se va y cuando vuelve parece que todo vuelve a ser lo mismo, pero no lo es. Y las maletas acaban volviendo a casa, pero esta vez vacías y sin billete de vuelta.
El invierno rompe con las ilusiones, cuando cada año hay menos regalos bajo el árbol, menos personas sentadas a la mesa, y menos espíritu dentro de cada uno. Las fiestas se convierten en una excusa más para beber y olvidar, o en el mejor de los casos, para que la decoración de la casa distraiga lo suficiente como para no pensar en nada más.
La noche es más larga y los días más cortos, los tequieros más fríos y las lágrimas queman. Los besos bajo el muérdago se acabaron bajo aquella palmera, las luces ya no brillan como antes, y otro año nuevo empieza con una lista de deseos que nunca se cumplen.
Y ahí vemos que no hay nieve en las aceras, y el amor de tu vida no va a aparecer en nochebuena a las doce en punto. Los milagros se quedan en las películas,y de las películas sólo es cierta aquella frase de Hache. Que por mucho que esperemos, al final sólo ocurre una cosa: "llega el puto invierno".
En verano todos pensamos en las ganas que hay de invierno, del ambiente navideño, de los jerseys gigantescos, de los abrazos tan cálidos. Qué bonito parece el invierno como lo muestran en las películas americanas con la ciudad pintada de blanco y el amor de tu vida empaquetado bajo el árbol.
Lo siento, pero pensemos en la cruda realidad. Acaba el verano, y el otoño ya anticipa el invierno. Todo empieza a volverse gris, las hojas se caen, y el frío cala los huesos. Las calles se vacían más temprano, y un montón de maletas sobrevuelan el país dejando sueños atrás y con las esperanzas puestas en volver a recogerlos.
Uno por uno, los amores del verano, los amigos de campamento, la familia creada en aquel crucero, todo vuelve a su cauce, y empieza el estado de verano imaginario. Es un despertar por la mañana pensando que se sigue en el mismo sitio que en agosto, e imaginar día y noche lo que habría sido y no fue por no durar el verano un mes más.
Con los años la llegada al invierno es más dura, más adioses en septiembre y menos holas en diciembre. La gente se va y cuando vuelve parece que todo vuelve a ser lo mismo, pero no lo es. Y las maletas acaban volviendo a casa, pero esta vez vacías y sin billete de vuelta.
El invierno rompe con las ilusiones, cuando cada año hay menos regalos bajo el árbol, menos personas sentadas a la mesa, y menos espíritu dentro de cada uno. Las fiestas se convierten en una excusa más para beber y olvidar, o en el mejor de los casos, para que la decoración de la casa distraiga lo suficiente como para no pensar en nada más.
La noche es más larga y los días más cortos, los tequieros más fríos y las lágrimas queman. Los besos bajo el muérdago se acabaron bajo aquella palmera, las luces ya no brillan como antes, y otro año nuevo empieza con una lista de deseos que nunca se cumplen.
Y ahí vemos que no hay nieve en las aceras, y el amor de tu vida no va a aparecer en nochebuena a las doce en punto. Los milagros se quedan en las películas,y de las películas sólo es cierta aquella frase de Hache. Que por mucho que esperemos, al final sólo ocurre una cosa: "llega el puto invierno".
lunes, 17 de noviembre de 2014
Mejor tarde que nunca.
Sé que nos hemos equivocado, que la vida es dura, y las palabras son difíciles de decir cuando son sinceras. Sé que no hay alguien perfecto, que no hay persona que nunca falle, que cada vez que un sueño muere, otro se abre paso en tu cabeza, o a veces en tu corazón. Sé que nunca he sido lo que tú probablemente esperabas, sé que los años pasan y las cosas cambian, sé que para ti es fácil olvidar.
Sé que no recuerdas las noches en vela, las tardes de invierno con tanto que hacer y tan poco hecho, por estar a tu lado. Los "buenos días" de cada verano, para ver una sonrisa en ti.
Sé que la vida no es siempre bonita, y que nuestros caminos se separan, sí es que no lo han hecho ya. Sé que hemos intentado pensar que éramos felices, que has tirado tu pasado a la basura por mí, pero también sé que el pasado se recicla y está volviendo a tus manos. Sé que siempre pude hacer más de lo que hice, que pude haber pensado más en ti.Sé que yo siempre voy a decirte la verdad, y que estaré esperando a que la escuches, que no me importa la distancia, que no me importa el tiempo, y que desearía que todo siguiera como solía ser.Creces, cambias, maduras, piensas, perdonas, olvidas y pierdes costumbres. Y de todas formas, hay personas que siguen ahí después de días sin contacto, después de experiencias sin compartir. Porque en un tiempo, cuando ya no me conozca a mí misma, miraré atrás, y ahí en primera fila, espero que estés tú, y me digas "lo lograste". Y sigamos con nuestras palabras mudas, y horas de conversación sin decir nada. Con las costumbres de ahora, las que nunca han cambiado. Con los abrazos sin motivo y los enfados tontos que siempre acaban bien. Y quizás entonces sea tarde para hacer lo que teníamos que haber hecho, quizás sea tarde para rehacer nuestra vida, para ser lo que nunca fuimos. Pero como tú me dijiste un día, aquella fría tarde de diciembre, cuando te diste cuenta de todo lo que estábamos perdiendo pensando que ganábamos: mejor tarde que nunca.
Sé que no recuerdas las noches en vela, las tardes de invierno con tanto que hacer y tan poco hecho, por estar a tu lado. Los "buenos días" de cada verano, para ver una sonrisa en ti.
Sé que la vida no es siempre bonita, y que nuestros caminos se separan, sí es que no lo han hecho ya. Sé que hemos intentado pensar que éramos felices, que has tirado tu pasado a la basura por mí, pero también sé que el pasado se recicla y está volviendo a tus manos. Sé que siempre pude hacer más de lo que hice, que pude haber pensado más en ti.Sé que yo siempre voy a decirte la verdad, y que estaré esperando a que la escuches, que no me importa la distancia, que no me importa el tiempo, y que desearía que todo siguiera como solía ser.Creces, cambias, maduras, piensas, perdonas, olvidas y pierdes costumbres. Y de todas formas, hay personas que siguen ahí después de días sin contacto, después de experiencias sin compartir. Porque en un tiempo, cuando ya no me conozca a mí misma, miraré atrás, y ahí en primera fila, espero que estés tú, y me digas "lo lograste". Y sigamos con nuestras palabras mudas, y horas de conversación sin decir nada. Con las costumbres de ahora, las que nunca han cambiado. Con los abrazos sin motivo y los enfados tontos que siempre acaban bien. Y quizás entonces sea tarde para hacer lo que teníamos que haber hecho, quizás sea tarde para rehacer nuestra vida, para ser lo que nunca fuimos. Pero como tú me dijiste un día, aquella fría tarde de diciembre, cuando te diste cuenta de todo lo que estábamos perdiendo pensando que ganábamos: mejor tarde que nunca.
sábado, 25 de octubre de 2014
Nunca quise perderte.
No, no dejes que el pitido siga sonando, haz que se intercale, no te vayas. Todavía no es tu hora. Déjame decirte todo eso que nunca te dije.
Quédate dos minutos más para que te pueda contar que siempre te quise más de lo que nunca te pudiste imaginar. Que no te lo demostré siempre, pero te quería ahí, con esa sonrisa de todos los días, con tus consejos, tus broncas, tus batallitas.
Te quería aunque a veces no me apetecía hablar contigo, aunque a veces no te valoraba, aunque a veces no lo parecía.
Espera, aún no he acabado, vuelve, déjame tiempo para pedirte perdón. Perdón por todas esas veces que no estuve a tu lado cuando lo necesitaste, perdón por darme cuenta tarde de todo lo que hiciste por mí a lo largo de mi vida. Perdón porque tú me diste mucho y yo te di muy poco. Perdón por no creer en ti, por ignorarte cuando me decías que contabas la verdad, por pensar que todo eran excusas, por no informarme, por no ser objetiva.
¿Por qué tan pronto? Respira otra vez, levántate y acompáñame a hacer todo eso que no llegamos a hacer juntos. Celebremos ese cumpleaños que te había prometido, ese finde juntos. Vayamos a dar un paseo por el parque, o pasemos un día cerca del mar, eso que siempre te ha gustado.
Despierta y cuéntame todas esas historias de tu pasado, las que me fascinan, sobre esas proezas que realizaste, sobre tus errores y tus logros, tus defectos y virtudes.
Quéjate de la política, de como el mundo se cae de bruces contra el suelo, de que los políticos son unos chorizos mentirosos. Dime lo que piensas, lo que tu harías, tus ideas.
Mueve esa mano y vuelve a animar a tu equipo, o realmente al que cuadre cada dia. Grita que eso no fue fuera de juego, o que debería de ser penalti, pero luego proclama que mejor no opinas porque no sabes de fútbol.
¿Ves? Nos quedan tantas cosas por hacer, y el pitido sigue siendo continuo desde hace unos minutos. Puedo esperar a que despiertes, pero creo que has decidido dormir. Quizás debería irme. Quizás todo esto lo debería haber dicho esas veces en las que me mirabas con ojos llorosos, cuando te veía solo. Quizás ahora es demasiado tarde, y has decidido irte y nunca más me vas a escuchar.
Quizás es momento de pensar que te perdí, que no vas a abrir los ojos, y que mi tiempo para rectificar ya se ha acabado.
Quédate dos minutos más para que te pueda contar que siempre te quise más de lo que nunca te pudiste imaginar. Que no te lo demostré siempre, pero te quería ahí, con esa sonrisa de todos los días, con tus consejos, tus broncas, tus batallitas.
Te quería aunque a veces no me apetecía hablar contigo, aunque a veces no te valoraba, aunque a veces no lo parecía.
Espera, aún no he acabado, vuelve, déjame tiempo para pedirte perdón. Perdón por todas esas veces que no estuve a tu lado cuando lo necesitaste, perdón por darme cuenta tarde de todo lo que hiciste por mí a lo largo de mi vida. Perdón porque tú me diste mucho y yo te di muy poco. Perdón por no creer en ti, por ignorarte cuando me decías que contabas la verdad, por pensar que todo eran excusas, por no informarme, por no ser objetiva.
¿Por qué tan pronto? Respira otra vez, levántate y acompáñame a hacer todo eso que no llegamos a hacer juntos. Celebremos ese cumpleaños que te había prometido, ese finde juntos. Vayamos a dar un paseo por el parque, o pasemos un día cerca del mar, eso que siempre te ha gustado.
Despierta y cuéntame todas esas historias de tu pasado, las que me fascinan, sobre esas proezas que realizaste, sobre tus errores y tus logros, tus defectos y virtudes.
Quéjate de la política, de como el mundo se cae de bruces contra el suelo, de que los políticos son unos chorizos mentirosos. Dime lo que piensas, lo que tu harías, tus ideas.
Mueve esa mano y vuelve a animar a tu equipo, o realmente al que cuadre cada dia. Grita que eso no fue fuera de juego, o que debería de ser penalti, pero luego proclama que mejor no opinas porque no sabes de fútbol.
¿Ves? Nos quedan tantas cosas por hacer, y el pitido sigue siendo continuo desde hace unos minutos. Puedo esperar a que despiertes, pero creo que has decidido dormir. Quizás debería irme. Quizás todo esto lo debería haber dicho esas veces en las que me mirabas con ojos llorosos, cuando te veía solo. Quizás ahora es demasiado tarde, y has decidido irte y nunca más me vas a escuchar.
Quizás es momento de pensar que te perdí, que no vas a abrir los ojos, y que mi tiempo para rectificar ya se ha acabado.
viernes, 19 de septiembre de 2014
Síndrome del 31 de diciembre.
Se levantó de la cama con una resaca increíble. Hacía tiempo que la vida no le sonreía, pero tampoco ella le dedicaba a la vida ni un leve gesto de simpatía.
Miró alrededor y vio que su apartamento estaba demasiado desordenado incluso para ella. Dos semanas atrás, las fotos con él y los viejos recuerdos de los años de instituto con los colegas habían encontrado un lugar mejor en una caja vieja bajo la cama.
"Síndrome del campamento de verano", decían. Rió de sólo pensarlo. A ella le gustaba más llamarle el "Síndrome del 31 de diciembre". En fin de año, todos miran atrás y escriben palabras sobre lo diferentes que son las cosas del año anterior, lo raro que se siente todo, lo poco que se imaginaban que el año acabaría así. Y vuelta, "el mejor año de tu vida", pero saben que no lo será.
Así se sentía ese día. La ropa estaba por el suelo, los marcos vacíos, salvo unos cuantos con un par de fotos con nuevos amigos que de momento no le aportaban más que un par de horas de diversión, y unos discos de rock ochentero tirados en la cama después de haberles dado demasiadas vueltas.
¿Cómo había llegado a ese punto? Cierto era que hacía un par de años, no se habría imaginado estar dónde estaba.
Hacía dos días había llegado de Chicago, ciudad que le traía demasiados buenos recuerdos. De todas formas, como en un buen 31 de diciembre, todo se notaba cambiado. Quizás el viejo barrio había cambiado, o sus vecinos habían repintado la fachada de la casa, aunque juraría que su ciudad natal no era lo que estaba distinto. Su vida era distinta.
No había nadie de los de antes. New York, Los Angeles, Seattle, Miami. Cada uno había escogido su propio camino, y en la ciudad se respiraba un aire diferente. Ella había acabado en Detroit hacía un año, cansada de vagar de estado en estado, buscando un verdadero hogar dónde quedarse. Pensó haberlo encontrado, cuando ese chico con pintas de motero se ganó un sitio en su vida, o más bien, llenó su vida, pues estaba vacía. Por desgracia, no funcionó. Pero estaba harta de huir, de nunca sentirse en casa, y decidió que allí se quedaría. Sin embargo, con la intención de hacer un último viaje, su intento de volver a la ciudad que le había visto crecer, no había dado resultado.
Echaba de menos cómo dos años antes, seguía en contacto con todos los amigos de la infancia, y recordó con tristeza cómo las palabras se había ido haciendo escasas en esos últimos años, hasta que se hicieron nulas.
Por lo menos ver a papá y mamá, hacía las cosas más fáciles. Pasear por Navy Pier era algo que siempre le había relajado, así que también había aprovechado para hacerlo.
Aún así, de vuelta a su apartamento de Jefferson Avenue, encendió el último cigarro que le quedaba, y asomada al balcón supo que era el momento de darle un giro a su vida, y aceptar de una vez por todas que nada era como antes y el pasado no iba a volver. Supo que en medio de septiembre, también podía ser 1 de enero.
Miró alrededor y vio que su apartamento estaba demasiado desordenado incluso para ella. Dos semanas atrás, las fotos con él y los viejos recuerdos de los años de instituto con los colegas habían encontrado un lugar mejor en una caja vieja bajo la cama.
"Síndrome del campamento de verano", decían. Rió de sólo pensarlo. A ella le gustaba más llamarle el "Síndrome del 31 de diciembre". En fin de año, todos miran atrás y escriben palabras sobre lo diferentes que son las cosas del año anterior, lo raro que se siente todo, lo poco que se imaginaban que el año acabaría así. Y vuelta, "el mejor año de tu vida", pero saben que no lo será.
Así se sentía ese día. La ropa estaba por el suelo, los marcos vacíos, salvo unos cuantos con un par de fotos con nuevos amigos que de momento no le aportaban más que un par de horas de diversión, y unos discos de rock ochentero tirados en la cama después de haberles dado demasiadas vueltas.
¿Cómo había llegado a ese punto? Cierto era que hacía un par de años, no se habría imaginado estar dónde estaba.
Hacía dos días había llegado de Chicago, ciudad que le traía demasiados buenos recuerdos. De todas formas, como en un buen 31 de diciembre, todo se notaba cambiado. Quizás el viejo barrio había cambiado, o sus vecinos habían repintado la fachada de la casa, aunque juraría que su ciudad natal no era lo que estaba distinto. Su vida era distinta.
No había nadie de los de antes. New York, Los Angeles, Seattle, Miami. Cada uno había escogido su propio camino, y en la ciudad se respiraba un aire diferente. Ella había acabado en Detroit hacía un año, cansada de vagar de estado en estado, buscando un verdadero hogar dónde quedarse. Pensó haberlo encontrado, cuando ese chico con pintas de motero se ganó un sitio en su vida, o más bien, llenó su vida, pues estaba vacía. Por desgracia, no funcionó. Pero estaba harta de huir, de nunca sentirse en casa, y decidió que allí se quedaría. Sin embargo, con la intención de hacer un último viaje, su intento de volver a la ciudad que le había visto crecer, no había dado resultado.
Echaba de menos cómo dos años antes, seguía en contacto con todos los amigos de la infancia, y recordó con tristeza cómo las palabras se había ido haciendo escasas en esos últimos años, hasta que se hicieron nulas.
Por lo menos ver a papá y mamá, hacía las cosas más fáciles. Pasear por Navy Pier era algo que siempre le había relajado, así que también había aprovechado para hacerlo.
Aún así, de vuelta a su apartamento de Jefferson Avenue, encendió el último cigarro que le quedaba, y asomada al balcón supo que era el momento de darle un giro a su vida, y aceptar de una vez por todas que nada era como antes y el pasado no iba a volver. Supo que en medio de septiembre, también podía ser 1 de enero.
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