martes, 27 de agosto de 2019

VIII.

Somos una panda de ilusos.

Creemos que escogemos el amor
y es el amor quién nos escoge a nosotros.

Puedes escapar y decir que no crees en él,
que el amor no existe,
que el corazón es sólo un músculo
y que ya te has cansado de utilizarlo.

Pero el amor existe,
creas
o no creas
en él,
igual que siempre existe el sol,
aunque en los días nublados de invierno
no asome,
y en el verano te ardan los rayos en la piel.

Puedes creer que no existe el sol,
pero no puedes evitar sentirlo
porque es real,
igual que algún día sentirás el amor
ardiendo en cada arteria de tu cuerpo
y no te quedará más remedio
que creer en él
y rezarle para que no te destroce.

Un día te pasará
y ese día,
perderás la batalla.

Porque el amor viene en avalancha
y te deja al descubierto,
a tiro de bala,
aunque no lo hayas llamado,
aunque te muevas por la vida
con la bandera blanca
de un alma con candado.
Te escoge y te ataca.

Y sientes libertad.
Al borde del abismo...
sientes libertad.
Ves tu reflejo en otros ojos
que captan partes de ti
que tus retinas no son capaces de ver.
Te inundas de miedo,
buscas a lo que aferrarte
y,
a veces,
hieres con las uñas cuando te agarras muy fuerte.

Aún así,
el amor sigue apostando por ti,
limpia las heridas,
perdona el daño,
y te hace ver que,
sólo cuando tengas la valentía
de saltar al vacío
sabiendo que puedes morir en el intento,
sobrevivirás al amor.

Así que cuando te pase,
salta.
Porque no tendrás nada más que hacer:
cuando el amor te escoge
no se pueden dar pasos hacia atrás,
es él quién pone las reglas del juego,
el más difícil al que jugarás en la vida.

Apuestes lo que apuestes,
entiende que el amor no mata,
mata el miedo,
el amor sólo asusta.

lunes, 1 de abril de 2019

IV.

Ya van tres meses de año
y los días pasan
como si quisiesen ganar una carrera.

Me siento tan pequeña
en algunos momentos,
pero unas velas me recuerdan
que ya va siendo hora de crecer.

Os siento tan grandes a mi lado y,
eso, 
supongo que me hace grande
a mí también.

Y es que no puedo concebir
una semana sin lunes
porque os tengo,
no puedo concebir
como cabe todo lo que lleváis dentro
en esta ciudad.

Tengo suerte
porque me faltan dedos
para contar vuestras verdades
que dicen que hay un cielo reservado
desde el día que nacisteis y,
sin pedirlo,
decidisteis guardarme un sitio.

No existen secretos,
ni dudas,
ni mentiras,
ni traiciones.

Tan sólo...
tan sólo existís,
sin querer,
queriendo
sin medida.

Rompiendo todas las barreras
de las calles por las que nos toca pasar.

Arriesgando todo a un número...
joder,
no sé cómo tardasteis tanto en acertar,
pero acertasteis de pleno.

Enseñándome que todo esto es mucho más
que un juego de niños:
es un maldito recreo
entero.

Peleándoos por ver quién abraza más fuerte,
pegando gritos que absolutamente nadie
quiere oír, 
soñando despiertos con cuatro universos
dónde reine vuestra ley,
tocando tambores rotos
que suenan a libertad.

Qué mundo de locos este,
y qué locos estáis 
por querer cambiarlo.

El mío ya lo lograsteis.

domingo, 3 de febrero de 2019

Tranquilo, sólo estoy temblando.

No sé qué tienes que,
a veces, me pierdo
en ti.
Y me pierdo cuando pienso en ti.
Y cuando te intento entender.
Y cuando te miro.
Y cuando sonríes.
Me pierdo muchas veces,
no sólo a veces,
para qué mentir.
Siempre me pierdo contigo.
Y te encontré justo
cuando dejaba de estar perdida.
Qué ironía.
Tú también te pierdes
en mí.
Aunque nunca lo admitas.
Y también me pierdes,
a veces,
muchas veces.
Porque me miras
y te da un poco de miedo
perderte.
Es que tienes todas las piezas que me faltaban
en otros puzzles,
y las que ya tenía,
todas un poco más desgastadas
por quién no supo juntarlas.
Desde que te conozco,
aprendí a ir despacio,
a inhalar sin prisa,
a expirar sin querer.
Nunca había temblado de tranquilidad,
hasta que te tuve cerca
y sentí libertad.
Me da miedo tu miedo.
Pero me sienta bien
tu intranquilidad.
Me devuelve a la realidad
y me aparta de la claridad de tus ojos.
Espero que algún día seas consciente
de que,
por una vez,
tengo razón.
Siempre supe,
que después de tantos puzzles,
este sí sabría a(r)marlo.



jueves, 13 de diciembre de 2018

Cambio.

Salir, beber, el rollo de siempre.
Hay extremos que son más duros que otros.
Crecí sin querer llegar alto
y me encuentro a veces a ras del suelo.

No podemos parar el tiempo
aunque queramos,
ojalá obedecieran los relojes,
pero ya no son horas.

Qué ganas de romper con todo
y deslizarme sobre los pedazos
de lo que aún está por ser,
para que el futuro sea más incierto.

Tengo muchas dudas
de si algo está intentando salir bien,
pero parece que la luna brilla
con un destello especial esta noche.
Por eso sigo despierta, 
esperando a que se apague su luz
y me deje dormir.

He vuelto a vaciar botellas
para llenar vacíos,
a ponerme el vestido
y salir a bailar.
Y encuentro lo mismo
que dejé en la pista
cuando salí de allí.

Nada ha cambiado tanto,
salvo yo.

jueves, 4 de octubre de 2018

Carretera del olvido.

Ya no tengo entre los dedos
las llaves que me salvaron la vida,
como a Benedetti.
Aún así me cuesta quitarme de los pulmones
el humo negro que cubre siempre esa ciudad.
No me olvido del camino de vuelta a casa,
el vecino en la ventana,
que no sé si sigue saludando.
Las cuatro brujas que me hechizaron,
cantan sin mí alrededor del fuego,
se reflejan las banderas
de un pueblo luchador
en cada llama.
No puedo olvidar los nombres de las calles
que recorrí lloviendo
para llegar a sitios de los que nunca me quise ir.
Recuerdo cada punto del mapa
donde construí cimientos
de edificios que nunca llegaron
a rascar el cielo.
Y en mi cabeza resuenan las cuerdas
de aquella guitarra que invocaba a Silvio
sobre las ruedas de un autobús destartalado,
comiéndose el ruido de los coches
que no paraban nunca
de correr,
y correr,
y seguir corriendo.
Y nadie se para a abrazar la soledad y la pausa.
Mientras yo no puedo parar,
porque mi cabeza sólo repite
y recuerda
lo que ya no es.
Quiere que vuelva a ser
e inventa futuros
en los que puedo vivir
en vez de no olvidar.
Pero lo que más me jode
es que, 
por mucho que lo intente
con todas las fuerzas que aún me quedan en el pecho...
no consigo
olvidarme de ti.

sábado, 22 de septiembre de 2018

Caos.

Ni tanto
ni tan poco.
Agujeros negros.
Agujas que dan vueltas a un reloj
sin parar.
América descubrió mis barcos
y los hundió.
Qué hacer
o qué decir
cuando nadie nos dice
cual es nuestro papel
en esta historia de mierda.
Sin argumento
ni guión.
Te tocó ser protagonista
y yo soy personaje secundario
que se esconde tras el telón.
Marea alta.
Mejor nos vamos.
Anda,
que no hay nada después de los créditos.
Qué desastre,
qué bien que no lo puedes ver,
te enfadarías.
Saluda al jefe de mi parte,
que si estoy bajo las nubes
no puedo estar en ellas.

lunes, 13 de agosto de 2018

Despedida.

Iba a escribir sobre otra cosa
y terminé, otro día más,
pensando en hablar de ti.

Y me enciende por dentro
porque es la tercera (o cuarta) vez que ocupas mis versos
sin permiso.

Pero no podía escribir de miradas sin nombrarte.
O sin al menos dejar que tu nombre se lea
entre líneas
como cuando escribía
queriendo
sobre ti.

No hace falta hablar para expresar.
Hay miradas que lo dicen todo.
Sobre todo cuando quieres decir lo siento.

Lo siento,
dos palabras tan simples...
y lo que nos cuesta pronunciarlas.
Es como si nuestra lengua se pegara al paladar
y nuestro cerebro se olvidase de cómo hablar en todos los idiomas que conocía.

En esos momentos, sólo juega la mirada.
Y eso da paso a nuestra historia, que siempre se baso en miradas.
Empezó con una mirada,
acabó con una mirada
y llegó la paz con otra.

Es esa última mirada,
cuando ves que ya no tienes derecho a opinar,
cuando hay otra persona al lado y tú ya no tienes un sitio.
Esa mirada es la que dice todo.
En esa mirada se encierra un "lo siento" enorme.
Pero no sólo eso,
esos ojos reflejan el principio y el final,
la ilusión, el cariño, las discusiones y los desprecios.

Personalmente,
no soy mucho de mirar a los ojos.
Dio la casualidad de que ese día lo hice:
mientras te levantabas de esa mesa,
y caminabas hacia esa puerta
me miraste,
y sin planearlo se cruzaron las pupilas.
Y lo vi todo.
Antes de que te marchases para siempre,
antes de que decidieses no volver y yo ni siquiera me diese cuenta.
Antes de tener que despedirte sin decirte adiós.
Justo a tiempo,
aprendí a mirar a los ojos para verlo todo.
Que nunca me dejaste de querer,
aunque lo negases a gritos.
Que siempre quisiste lo mejor para mí...
y te diste cuenta de que no eras tú.