lunes, 2 de mayo de 2016

Amigo.

Pintaste estrellas en el cielo
cuando era demasiado de noche
y
solamente
quedaban nubes.


Abriste mis ojos ante el espejo
cuando no podía ni verme
y
solamente
vi luz.


Llenaste de atardeceres el verano,
de risas, secretos y silencios
y
solamente
nos hablaba el mar.


Me diste alas para volar,
pero me las cortaste cuando no razonaba
y
solamente
necesitaba adrenalina.


Fuiste familia y escapatoria
cuando el mundo se hacía grande
y
solamente
podía huir.


Marcaste un para siempre
en la línea del tiempo de la amistad
y
solamente
nos queda seguir caminando
(un día más cada día).

miércoles, 6 de abril de 2016

Arte.

Tic. Tac.
Cuatro versos en cuatro minutos. Impotencia.
Intento imitar tu poesía pero me desbordan los recuerdos.
Puede que estemos destinados a que los kilómetros nos empujen hacia atrás cada vez que empezamos a caminar.
Iba a escribir un poema, pero hoy no sale. Es una sensación extraña. Como si el arte quisiera salir pero no pudiese. Y es que ¿cómo darle sentido a un sólo verso si no te tengo delante?
Me equivoqué al pensar que la vida da sólo lo que puedes soportar y que todo pasa por una razón, pues no puedo soportar el no entender la razón por la que apareciste de la nada para intentar cambiarlo todo.
Y, además, fracasaste. No cambiaste todo, cambiaste un trocito de mí que se extiende y se ríe del resto de mi persona por no brillar tanto como él.
Tus palabras siguen resonando en mis oídos como si no hubiera tregua, como si siguiésemos peleando por tirar del suelo hasta romperlo y que la tierra que tengo debajo se dispare justo hasta tus piés. Conmigo encima.
Mis melodías envolviendo versos con los dedos y tus versos desgarrando melodías con los dientes.
Y sin poema. Y con prosa. Y sin valor. Aún no sé como decirte que cambiaste mi percepción de arte en el primer momento que me miraste a los ojos de verdad, sin que suene a exagerar. Que no exagero, sino expreso, pero quizás lo que provocaste es exagerado.
Que desde ti el arte no es arte, si la ar(ti)sta no es con(ti)go.

martes, 29 de marzo de 2016

Emaús.

Cuando la esperanza se ha quedado dormida y la alegría parece una enfermedad pasajera que no termina de contagiarme, aparecen unos seres que me calan por dentro y lo cambian todo.
Hoy va por los que me cerraron el grifo cuando me ahogaba en un vaso de agua. Por los que nunca cayeron, a pesar de ser tan fácil tropezar en mi caos.
Cuenta la leyenda que existen personas que llevan luz dentro. Empiezo a pensar que las leyendas no son más que realidades disfrazadas, pues yo veo el camino más claro cuando están cerca.
Cada día que pasa crece la parte de mí en que estos seres habitan. Se han instalado con todo el equipo en un piso sin amueblar que ahora parece estar demasiado lleno. Hace un par de años firmé un alquiler, pero no recuerdo haber dado opción a compra. Y sin darme cuenta tengo unos treinta okupas que no piensan salir de ahí ni devolver la llave.
Quién me iba a decir que tendría una parte del corazón en cada rincón de esta maldita península, encontrando un hogar cada vez que paso a recoger los trocitos.
Siento a estos seres en cada melodía que provoco con las cuerdas de mi guitarra al rememorar la última vez que me cogieron de la mano. En cada verso escrito mientras les miraba en silencio preguntándole al cielo cómo se puede tener tanta suerte.
Duelen los kilómetros pero me prestan los piés para seguir andando, y duele el olvido pero me prestan recuerdos para seguir soñando.
Han sido hombro cuando lloraba las penas que me causaban los errores cometidos, y han sido espalda donde apoyarme cuando la alegría no me dejaba  sostenerme en pie.
Han sido fe cuando me alejaba del agua sin atreverme a subir a la barca, acercándomela para que sólo tuviese que dar el paso decisivo.
Son diarios de secretos y hojas en blanco que han ido recogiendo cada una de mis historias.
Sé por fin lo que es familia. A veces se va alguno, o viene alguien nuevo. Pero la esencia nunca te abandona. 
Gracias por ser esos mágicos seres que me habéis mantenido con vida.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Mójate.

Me di con la punta de la espada en la frente cuando tuve que decidir entre la espada y la pared.
Lloré lágrimas de hielo que se clavaron en mis piés cuando más me costaba andar.
Creí mentiras que gritaban la verdad a los cuatro vientos, negándome a abrir los oídos y escuchar.
Caminé saltando baches... Y aquí estoy.
Dónde quiero estar.
Con quién quiero estar.
Cómo quiero estar.
Cuando no hay salida del laberinto, es necesario romper las murallas que lo forman. Rompí con todo. Con cada piedra que formaba el puente que hacía callar la lluvia al pasar por debajo.
Y me mojé. Por primera vez, me mojé, me empapé. Y no hay nada que venga mejor para abrir los ojos que mojarse.
Ahora cuento los cimientos de mi persona con los dedos de una mano, pero mi casa no se cae.
Una columna de cartón no puede aguantar un techo, necesitas cuatro de piedra. Así que tiré el cartón y moví la piedra.
Encontré mi sitio en objetos perdidos, llevaba mucho esperando por mí.
Encerré los sueños con horizontes vacíos y solté los deseos de llegar al final.
Y miré atrás una última vez, gritando: "Cuando estés dispuesto a mojarte, ya te unirás a la ruta".

domingo, 31 de enero de 2016

Voy a volver a quererme.

Mis palabras vuelven llenas de mí.
Me había olvidado de levantarme por la mañana y sonreírle al espejo, costumbre que no debe perderse. Cuando las cosas son complicadas, todo es preocuparse de lo exterior y... ¿qué es de ti?
No sé en que momento se me enredaron las venas. Eso, o mi corazón nació loco. Y cuando los nudos no dejan que fluya la sangre, no vives. Vives hacia fuera, sientes el dolor que te provocan, la vida que te imponen, el silencio que no escuchas. Pero no creas vida desde dentro.
Hoy, las cosas cambian. Las lágrimas crean ríos de vuelta a casa y desembocan en mis ojos, que brillan más que nunca al reflejar el sol en las gotas. Le vuelvo a dar la vuelta al espejo que me daba la espalda, para poder mirarme y ser feliz con lo que veo, con lo que he hecho de mí, con lo que me he negado a que hiciesen de mí. Miro a mi alrededor y aprecio a quién se ha quedado a pesar de cada dificultad, a los que me han sacado del pozo desde sus propios agujeros, quedándose ellos abajo para levantarme a mí.
Cansada de esperar a que sean los cobardes los que arriesguen, seré yo la valiente que deje atrás la cobardía. Que me valgo yo sola para llenar hasta cinco vacíos que me dejaron tantos que no se atrevieron a lidiar con mi desastre.
Lo que no te mata te hace más fuerte. Llegué a estar al borde del abismo y sentía más de un par de manos empujándome y deseando que mis piés resbalaran. Mi espalda reconocía esas manos y lo conocido duele más. Quién debería no dejarte dar un paso en falso, poniéndote baldosas de cartón para que tropieces. Pero resistí agarrada a los únicos apoyos que hoy puedo decir que nunca me fallaron. Me sobran dedos de las manos para contar a aquellos que me salvaron de caer.
Y como no morí a la alegría, hoy sigo aquí, fuerte y enseñando los dientes. Enseñándolos para querer o para morder, pero nunca escondiéndolos. Hoy, me basto yo. Y yo marco mi territorio: o te quedas dentro de mis fronteras, o te escondes tras ellas.
Cambió el cuento y cambió la melodía. "Voy a volver a quererte", cantó un poeta apartando la melena de la cara en una noche de verano en Ferrol. Qué ingenua fui siguiendo esa frase sin encontrar quién mereciese que se la dedicase.
Hoy, no voy a volver a quererte. Voy a volver a reír, voy a volver a vivir la vida que es demasiado corta, voy a volver a gritar lo que siento sin miedo a la respuesta, voy a volver a arriesgar para sentir un poco de adrenalina, voy a volver a mirar por mí por una vez.
Voy a volver a quererme.

jueves, 24 de diciembre de 2015

Latidos.

Te come la rabia, te puede el olvido.
Frío.
Sólo sientes frío.
Tu fuego lleva tanto tiempo apagado que no podría ser de otra forma.
La capucha cae hasta los ojos, los pantalones dejan pasar el viento por los mil agujeros con mil historias por contar. Pasos rotos que acaban atascándose en alguna grieta con la que no contabas.
Y llueve. Y la lluvia no cesa. O al menos no dentro de ti.
Escapar, que nadie sepa a dónde. Dejas que el corazón lata dentro pero sin que nadie lo escuche. Cuántas veces lo han oído y, cual cazador y presa, han disparado al vacío guiándose por el sonido. Y cuántas han acertado.
No vas a permitirlo más. Te ha quedado claro la última vez.
Hoy escaparás de verdad. Y contigo tu mecha sin encender, tus ganas acabadas y tus pies helados. Ya no te cazarán, pues llevas un antibalas. Y tu corazón no saldrá de ahí dentro, seguirá intentando no latir un día más. ¿Cuánto podrás aguantar sin vivir?
Sientes un golpe.
Calor.
De repente calor.
No habías pedido ni un día de sol y tienes un verano entero. A simple vista, bajo la luz, corres entre los árboles y pides clemencia. Pero la bala ya ha roto el chaleco.
Y no podías mantenerte en una cueva toda la vida. Por muchas rocas que pongas delante de ti. Por muchas corazas con las que te protejas. Hay chalecos antibalas que no pueden aguantar la fuerza con la que los latidos pretenden salir cuando se ha empezado a sentir demasiado.
A veces sólo queda dejarte llevar. No temas. No huyas. La rabia se acaba cuando llega el calor. Y cuando te han herido de bala sólo te queda esperar salir ileso. No te niegues. Es hora de abrir tu refugio. Es hora de aceptar que te han cazado. Que todo corazón tiene que latir hacia fuera alguna vez.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Como el claqué.

Sin más, se fue.
Ni te busqué, ni me encontré,
intenté perder el norte un poco más.

Me vi caer.
No me puse en pie, me levanté,
pero sosteniéndome en un soporte irreal.

Pensé en volver.
Tuve miedo y ni siquiera peleé,
sabía que al comienzo iba a volver a terminar.

Pregunté por qué.
Y no encontré respuesta, ni te hablé
de todo lo que un día me había hecho delirar.

No recordé.
Dos locos tirados en el parqué,
mirando hacia el techo, quedaba mucho por soñar.

Y me cansé.
Abracé otra espalda y pensé
que quizás el frío iba a empezar pronto a quemar.

Me disfracé.
Pusé mil máscaras de papel,
para ocultar la lluvia que acabó por traspasar.

Te volví a ver.
Perdí los estribos como ayer,
y creí que con diciembre iba llegar la claridad.

Y llegó él.
Nunca creí llegar a perder
tanto la cabeza en poco tiempo sin dudar.

Tuve fe.
En todas sus sonrisas me escudé,
dándole al amor el mal nombre que siempre le quise dar.

Le supe querer.
Quizás fue porque te imaginé,
en cada te quiero que sin saber se atrevía a pronunciar.

Como el claqué.
Mente en blanco, te borré, o eso pensé
mucho taconeo y poco avance en el arte de olvidar.

Me equivoqué.
Tengo que admitirme de una vez,
que por muchas caras que te ponga el reloj no vuelve atrás.