miércoles, 21 de diciembre de 2016

Viaje.

Y mientras tanto sigue explotando el cielo encima de nosotros,
seguimos ganando terreno y perdiendo miedo,
siguen gritando a voces que paremos
mientras el mundo nos llama a movernos.

Siguen diciendo que no es posible salir,
seguimos creyendo en todo lo que vemos,
y el camino sigue haciéndose más recto
marcando el mismo final aunque nos desviemos.
La arena quema mientras dentro sigue haciendo frío,
sigo pisando en agujeros negros,
que si algún día empiezo a equivocarme menos
será porque ya me he muerto.
Cada piedra es una lección
y cada fallo un nuevo cuento.
Sigue caminando sin ponerte peros,
que esta es tu vida
y,
hoy,
tu momento.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Eres calma.

Eres calma.
Y lo eres en los días grises,
en los que el té se vuelve más amargo
y las ventanas
le cierran la puerta al último rayo de sol
que podría iluminar mi oscuridad.

En los días de diciembre,
que son fríos en tu norte
y arden en mi sur.
La lluvia cae en tu mitad del mundo
y las flores se abren alegres en la mía.
En esos días,
yo sólo me siento destemplada.
Por tu frío.
Por mi calor.
Pero tú eres calma.

Eres calma
porque me haces frenar mi terremoto
antes de que te destruya
o me destruya.
O, peor aún,
destruya lo que un día empezamos a construír
entre los dos.

Porque callas mi locura,
aunque seas otro loco,
dándole paso a una brisa
que me devuelve la razón.

Y te quiero,
aunque me cueste,
te quiero porque eres calma.
Porque acostumbro a vivir
en medio de este caos
que sólo me trae desgracias.
A llorar por las esquinas
temiendo que en este bosque,
en el que me escondo hace tiempo,
nunca encuentre una salida.

Acostumbrada a tanta mentira,
a ser hundida antes de intentar subir,
a que se me caigan los planes
y a que nadie se moleste
en arreglar este desastre.

Y por eso,
no voy a dejarte ir.
Porque en cada uno de mis infinitos errores
e incontables tempestades,
te encuentro a ti.
Y tú...
tú eres calma.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Cinco.

Casi nunca uso mi blog para estas cosas, pero en el momento que menos me doy cuenta, me encuentro hablando de ellas. Son parte de lo que soy, se me hace imposible hablar de mí, sin hablar de las personas con las que quiero compartir el resto de mi vida. Es la familia que está ahí en los momentos en los que la de verdad falla, o en los momentos en los que el mundo requiere que tenga dos familias para soportarlo.
Siempre digo, para describirnos, que somos como las cinco puntas de una estrella: somos tan diferentes, polos opuestos, pero siempre caemos en el mismo centro.
Y ese centro todavía no sé bien cual es, pero tras discusiones, enfados, peleas, gritos y palabras que no se piensan, volvemos a caer en el centro y nada logra separarnos.
Cada una de ellas me hace sentir orgullosa.
Inés es Inés. No hay otra forma de describirla. Es una de las personas más únicas que he conocido. Es como una mamá. Nos cuida, nos riñe, organiza planes y hace tartas. Y está completamente loca. Lo cual es genial, porque se le ocurren las cosas más fuera del tema posibles y siempre hace ver que en todo lo que te rodea hay algo bueno, en cualquier día, en cualquier situación. Ella siempre tiene una sonrisa y siempre hace reír a las demás. Aunque mejor no la quieras ver enfadada, porque la positividad queda a un lado. Pero eso es lo que hace tan real su alegría. Puede enfadarse, sabe enfadarse, tiene claro lo que no le gusta y no le da miedo a mostrarlo, pero aún así decide ser feliz. Y es bonito. Sobretodo cuando le ves en su máxima felicidad: rodeada de niños. Imagino en el futuro que la tía Inés tendrá a todos nuestros hijos en su guardería, porque yo tengo muy claro que si algún día los tengo, no dejaría a mis hijos en mejores manos que en las suyas. Además iría con las niñas a buscarlos y saldríamos todas a tomar un café después de una mañana de trabajo para quejarnos de nuestros jefes entre risas.
Julia es diferente. Diferente a las otras tres. Le gusta el metal y las series frikis, prefiere un buen concierto de música clásica que una fiesta de pijamas. Es diferente y lo sabe, pero no le importa. Eso la hace especial. Eso y que siempre cree en las demás. Siempre ha creído en mí. Siempre ha apoyado cada una de nuestras decisiones, aunque nosotras a veces no se la devolvamos y critiquemos las suyas, pero tiene el corazón demasiado grande como para dejar de hacerlo. Me encanta cuando tiene algo por lo que luchar porque se le coloca esa cara de soñadora que dan ganas de soñar tú también. Necesitamos soñar y por lo tanto no todas las personas que nos rodean pueden ser un cable a tierra, algunas, como Juls tienen que ser un globito de helio que te haga volar un poco. Ella nos hace soñar, creo que eso es lo más especial de mi amiga.
Sabela... Es un desastre con patas. Un día esto, otro lo otro, cambio de idea cada segundo, cometo una locura enorme por alguien, después me arrepiento... Sabi es un desastre. No hay mejor definición. Pero da la casualidad de que amo el desastre. Creo que sin desastre la vida no tendría sentido. Para qué vivir si no tienes adrenalina, para qué vivir si no corres riesgos, para qué vivir si acatas la aburrida forma de ser que tiene todo el mundo en vez de apostar por lo que realmente importa: la amistad, el amor, la libertad, la diversión, la aventura. Por eso me encanta tener a Sabela a mi lado. Me desordena, nos desordena a todas. Es impredecible, nunca sabes por dónde va a salir. Y te impulsa. Te dice que la vida no está para seguir normas. Que la vida no se hizo para conformarte, que tienes que arriesgarte por lo que quieres. Tirarte por el balcón sin colchón que te recoja, esperando no hacerte daño. Las mejores cosas de la vida, se consiguen con riesgo, y eso lo aprendí de ella. Lo bueno, es que ella siempre tiene un botiquín de abrazos y cafés por si te haces daño. Nunca me ha faltado ese botiquín, nunca.
Sara, qué voy a decir, si no sé ni cómo empezar. Se escandaliza de nuestras locuras, pero luego ella sin pensarlo hace una peor. Un problema suyo la vuelve loca, pero increíblemente sabe como tranquilizarte al minuto en uno tuyo. Es la que sujeta mis pies en la tierra, para que no vuele como ella, por miedo a perderme. Todo esto porque es la persona más preocupada de sus amigas que se pueda incluso imaginar. Ella puede equivocarse, pero nunca dejará que una amiga suya sufra. Se enfrentará a mil gigantes si es por ver a sus amigas felices. Tendrá su corazón en mil pedacitos y aún prestará alguno de ellos para que tú recompongas el tuyo. Perderá la esperanza en todo, pero todavía la tendrá en que tú seas feliz. Hay pocas personas que me quieran como ella y soy consciente de ello, porque cuando Sara quiere, lo hace de verdad, y lo bonito de ser de las pocas que estamos en su pequeño grupo de seres queridos, es que sabremos que siempre tendremos la palabra adecuada, que siempre tendremos sensatez en nuestras ideas, que siempre querrá lo mejor para nosotras. Y eso, el ponernos por encima de ella misma, le honra.
Puedo imaginarme el resto de mi vida con ellas, porque será real. Somos almas libres, no nos gusta posarnos en un nido y quedarnos. Nunca dependemos de nada ni de nadie, ninguna de las cinco, por eso es tan especial que tengamos este nexo entre nosotras. Sé que viviremos aquí y allá, pero nunca nos faltará un reencuentro por Navidad, unas vacaciones de unos días juntas en la playa en verano, un viaje a dónde sea cuando la otra necesite una mano amiga. Mi futuro siempre será con mis hermanas.
Y, por último, quedo yo... Yo que soy inaguantable, que cada día me pasa algo más surrealista, que ya no saben qué decirme para que salga de mi nube, que soy más desastre que cualquiera... Lo más destacable de mí es que las tengo a ellas para quererme así, a pesar de todo. Y no podría ser más feliz.

sábado, 29 de octubre de 2016

Mírame

Te miro de la forma en la que mira alguien
que hace al menos cien años
que no mira así.
Lo cual es casi una paradoja
pero hay situaciones que presentan daños
y quedan enredadas.
Como cuando te lancé esa mirada.
Tú pestañeas y giras la cara
para que no vea asomarse esa sonrisa rota
que llevo un tiempo intentando coser.
A mí me cosieron las heridas
a base de clavar la aguja
y yo no quiero que sufras
así que cojo tu mano y acaricio tu piel,
en lugar de atravesarla.
Dejo que el aire te limpie la cicatriz
y te encienda como a las colillas cuando ya no dan más de sí.
Porque eres puro fuego
aunque no lo veas,
aunque nos hagamos los locos
y las noches sepan a poco desde que fingimos no conocernos,
sabiendo que tu pecho y el mío son más que conocidos.
Desde que queremos dejar de ser más que amigos
y acabamos, hoy,
un poco menos lejos que ayer
de ser lo que nunca fuimos.

domingo, 16 de octubre de 2016

Treboada.

Llueve.
Gotas que se pierden
como nos perdimos sin querer
en este mar de dudas.
Que quizá no aguante más locuras
y pida auxilio a otro vaivén
que le devuelva a la vida.
No encuentro otra forma de volver a casa
que no sea el desastre de una tormenta.
Tal vez es que ya no tengo hogar
y lo único que me da un consuelo son los días grises,
el sonido que me vio crecer
saltando en charcos y mojando pensamientos.
Y hoy nos empeñamos en no mojarnos para no despertar,
mientras siguen colocando paraguas que no nos dejan ver el cielo.
Eso es lo que quieren, 
que no veamos el cielo
y sigamos llorando por quién abandonó nuestra habitación de madrugada
después de un intento de cubrir nuestra miseria con placer.
Que sigamos lamentándonos por lo que pasa en el campo de un estadio
para que la televisión no nos tenga que mostrar lo que pasa en un campo de concentración.
Pienso que nos hace falta a nosotros ese campo,
para concentrarnos en lo que verdaderamente importa, 
aunque ya no importe a nadie,
y que la lluvia vuelva a empapar nuestra ropa
para que se desgaste.
Volver a ver las heridas
que nos dejaron los años 
en la oscuridad de un cielo escondido.
Gritar hasta romper los muros
que se caiga el abrigo
y los paraguas se rompan.
Porque hoy llueve, pero la lluvia ya no es la misma
desde que no hay casa que me retenga,
desde que no recuerdo mi hogar
ni la última vez que me sentí libre de verdad.
Probablemente sólo me queda arriesgar todo a un número
y rezar que no caiga en el 9, 
que siempre me dio mala suerte.
Nos queda ser lluvia otra vez,
y perdernos por las calles por las que juramos ser eternas, 
para encontrar un mar al que desembocar
en el que por fin podamos ver las estrellas.

viernes, 9 de septiembre de 2016

No nos dimos cuenta.

No nos dimos cuenta del momento en que crecimos y los marcos superiores de las puertas empezaron a ser, de pronto, alcanzables.
Crecimos felices, si le podemos poner algún adjetivo. Aunque el tiempo nunca acompañó del todo, el sol siempre decidió salir entre el estrés y las dudas de esos niños que jugaban a ser mayores. Qué le vamos a hacer si en nuestra tierra siempre vuelve a llover por mucho que escampe.
Fue difícil darme cuenta de que al escuchar Yellow en las noches vacías ya no me siento llena, porque ya no soy la misma. Y mi mente ya no puede convencer a los ojos para mantenerse más tiempo cerrados ante la realidad que hay delante.
Galicia se despide del verano entre colores de otoño, mientras aquí llega la primavera y, una vez más, son seis horas más de invierno. La tierra que pisaron los poetas parece tan distinta a todo lo que había conocido hasta ahora y me doy cuenta de que soy yo la que sigo cambiando. La que sigo creciendo.
Porque no me di cuenta en qué momento los viernes dejé de merendar bocadillos entre deportes y risas con personas que hace un tiempo pasaron a ser un vago recuerdo plasmado entre las fotos de un álbum. Ni fui consciente cuando empecé a estar disponible a horas intempestivas para coser los corazones rotos de mis amigos. Cuando dejé las gafitas rojas en un cajón y decidí que era momento de quererme y admirarme por todo lo andado.
No sé por qué desvié mi camino a océanos ajenos. Pero estoy orgullosa de ese camino.
Y empiezo a notar que, tal vez, de eso se trata. De no darse cuenta de los cambios. De no ser consciente de los pasitos que nos hacen crecer día a día. Para mirarte al espejo un día y que te golpee lo que ves. Para sentirte orgullosa al recorrer los rincones de la memoria y ver todo lo que hemos vivido.
Las personas de aquí, las de allá y las del otro allá. Las que importan. Dejémoslo en las que importan. Debo mil canciones sin nombre, mil cartas sin sello y mil abrazos sin dueño. Debo tanto. A ellas, a las que importan. Por todo lo que hemos vivido. Por caminar conmigo.
Tarea difícil. Caminar conmigo nunca fue fácil si el objetivo no era perderse. Pero no me gusta tener otro. Perdiéndome me encuentro y es lo que he hecho una vez más. He tenido que perderme para encontrarme, para encontraros a algunos en la distancia, para encontraros a otros en mi aventura.
Siempre dispuesta a perderme, hoy me encontré y decidí perderme otra vez entre palabras, pues no nos dimos cuenta de que crecimos. Volvemos un poco a lo mismo. No nos dimos cuenta de cuando cambiamos las lágrimas por poemas.
No me di cuenta de cuando me di cuenta de todo esto. Quizás crecí y ya no me quedaban lágrimas. Pero, allá donde esté, siempre quedarán letras.

domingo, 14 de agosto de 2016

Efímera.

Sólo me quedas tú.
Y este folio virtual que no se acaba de llenar de palabras porque ya no me quedan.
Me gasté la tinta de cada bolígrafo con el que intenté escribir nuestra historia,
que permanecerá inexistente por no haberla escrito antes.
Nos faltó valor.
O dolor.
O ambas.
Y ahora nos sobran kilómetros y los regalamos por las esquinas
a los valientes que se atreven a escuchar nuestra odisea.
Cerrando bares, abriendo heridas.
Contando besos insípidos y versos escondidos bajo un vaso de vodka vacío. 
No queda cerveza, me quedan cinco copas que intentan que mañana no me acuerde ni de ti.
Ojalá fuera tan fácil.
Ojalá la lluvia no me empapase de recuerdos efímeros.
Si eso es lo que somos al fin y al cabo,
efímeros. 
Retales de tiempo perdido esperando encontrarnos,
con el único objetivo de perdernos otra vez en el desvío de una confesión nocturna.
Estamos condenados a avanzar hacia la nada
desde el día que lo quisimos todo,
pero no lo supimos mantener.
A nacer en un martes 13 y equivocarnos de día
para no tentar demasiado a la suerte porque aún no te conoce.
El día que lo haga dejaremos de andar con pies descalzos
que ya bastante mal nos va 
sin pedirle al azar que nos joda más las cosas.
Confié en el amanecer otro domingo vacío para darle claridad a mis ideas 
y ese día anocheció dos veces
para no darle oportunidad al sol de contarme tu secreto.
Por eso aún sigo preguntándome cómo haces que brille tanto tu ausencia.
Y de las cinco, tras escribir como con acuarela parte de nuestra historia,
me quedan dos copas.
Rezo porque algún día dos copas ganen a una espada. 
Y me pueda quitar así el as que llevo en la manga desde esa noche.
Desde esa despedida en la estación.
Esa efímera despedida que hizo que, en diez segundos, 
veinte años se tambalearan sobre sus propios cimientos.