Me di con la punta de la espada en la frente cuando tuve que decidir entre la espada y la pared.
Lloré lágrimas de hielo que se clavaron en mis piés cuando más me costaba andar.
Creí mentiras que gritaban la verdad a los cuatro vientos, negándome a abrir los oídos y escuchar.
Caminé saltando baches... Y aquí estoy.
Dónde quiero estar.
Con quién quiero estar.
Cómo quiero estar.
Cuando no hay salida del laberinto, es necesario romper las murallas que lo forman. Rompí con todo. Con cada piedra que formaba el puente que hacía callar la lluvia al pasar por debajo.
Y me mojé. Por primera vez, me mojé, me empapé. Y no hay nada que venga mejor para abrir los ojos que mojarse.
Ahora cuento los cimientos de mi persona con los dedos de una mano, pero mi casa no se cae.
Una columna de cartón no puede aguantar un techo, necesitas cuatro de piedra. Así que tiré el cartón y moví la piedra.
Encontré mi sitio en objetos perdidos, llevaba mucho esperando por mí.
Encerré los sueños con horizontes vacíos y solté los deseos de llegar al final.
Y miré atrás una última vez, gritando: "Cuando estés dispuesto a mojarte, ya te unirás a la ruta".
miércoles, 24 de febrero de 2016
domingo, 31 de enero de 2016
Voy a volver a quererme.
Mis palabras vuelven llenas de mí.
Me había olvidado de levantarme por la mañana y sonreírle al espejo, costumbre que no debe perderse. Cuando las cosas son complicadas, todo es preocuparse de lo exterior y... ¿qué es de ti?
No sé en que momento se me enredaron las venas. Eso, o mi corazón nació loco. Y cuando los nudos no dejan que fluya la sangre, no vives. Vives hacia fuera, sientes el dolor que te provocan, la vida que te imponen, el silencio que no escuchas. Pero no creas vida desde dentro.
Hoy, las cosas cambian. Las lágrimas crean ríos de vuelta a casa y desembocan en mis ojos, que brillan más que nunca al reflejar el sol en las gotas. Le vuelvo a dar la vuelta al espejo que me daba la espalda, para poder mirarme y ser feliz con lo que veo, con lo que he hecho de mí, con lo que me he negado a que hiciesen de mí. Miro a mi alrededor y aprecio a quién se ha quedado a pesar de cada dificultad, a los que me han sacado del pozo desde sus propios agujeros, quedándose ellos abajo para levantarme a mí.
Cansada de esperar a que sean los cobardes los que arriesguen, seré yo la valiente que deje atrás la cobardía. Que me valgo yo sola para llenar hasta cinco vacíos que me dejaron tantos que no se atrevieron a lidiar con mi desastre.
Lo que no te mata te hace más fuerte. Llegué a estar al borde del abismo y sentía más de un par de manos empujándome y deseando que mis piés resbalaran. Mi espalda reconocía esas manos y lo conocido duele más. Quién debería no dejarte dar un paso en falso, poniéndote baldosas de cartón para que tropieces. Pero resistí agarrada a los únicos apoyos que hoy puedo decir que nunca me fallaron. Me sobran dedos de las manos para contar a aquellos que me salvaron de caer.
Y como no morí a la alegría, hoy sigo aquí, fuerte y enseñando los dientes. Enseñándolos para querer o para morder, pero nunca escondiéndolos. Hoy, me basto yo. Y yo marco mi territorio: o te quedas dentro de mis fronteras, o te escondes tras ellas.
Cambió el cuento y cambió la melodía. "Voy a volver a quererte", cantó un poeta apartando la melena de la cara en una noche de verano en Ferrol. Qué ingenua fui siguiendo esa frase sin encontrar quién mereciese que se la dedicase.
Hoy, no voy a volver a quererte. Voy a volver a reír, voy a volver a vivir la vida que es demasiado corta, voy a volver a gritar lo que siento sin miedo a la respuesta, voy a volver a arriesgar para sentir un poco de adrenalina, voy a volver a mirar por mí por una vez.
Voy a volver a quererme.
Me había olvidado de levantarme por la mañana y sonreírle al espejo, costumbre que no debe perderse. Cuando las cosas son complicadas, todo es preocuparse de lo exterior y... ¿qué es de ti?
No sé en que momento se me enredaron las venas. Eso, o mi corazón nació loco. Y cuando los nudos no dejan que fluya la sangre, no vives. Vives hacia fuera, sientes el dolor que te provocan, la vida que te imponen, el silencio que no escuchas. Pero no creas vida desde dentro.
Hoy, las cosas cambian. Las lágrimas crean ríos de vuelta a casa y desembocan en mis ojos, que brillan más que nunca al reflejar el sol en las gotas. Le vuelvo a dar la vuelta al espejo que me daba la espalda, para poder mirarme y ser feliz con lo que veo, con lo que he hecho de mí, con lo que me he negado a que hiciesen de mí. Miro a mi alrededor y aprecio a quién se ha quedado a pesar de cada dificultad, a los que me han sacado del pozo desde sus propios agujeros, quedándose ellos abajo para levantarme a mí.
Cansada de esperar a que sean los cobardes los que arriesguen, seré yo la valiente que deje atrás la cobardía. Que me valgo yo sola para llenar hasta cinco vacíos que me dejaron tantos que no se atrevieron a lidiar con mi desastre.
Lo que no te mata te hace más fuerte. Llegué a estar al borde del abismo y sentía más de un par de manos empujándome y deseando que mis piés resbalaran. Mi espalda reconocía esas manos y lo conocido duele más. Quién debería no dejarte dar un paso en falso, poniéndote baldosas de cartón para que tropieces. Pero resistí agarrada a los únicos apoyos que hoy puedo decir que nunca me fallaron. Me sobran dedos de las manos para contar a aquellos que me salvaron de caer.
Y como no morí a la alegría, hoy sigo aquí, fuerte y enseñando los dientes. Enseñándolos para querer o para morder, pero nunca escondiéndolos. Hoy, me basto yo. Y yo marco mi territorio: o te quedas dentro de mis fronteras, o te escondes tras ellas.
Cambió el cuento y cambió la melodía. "Voy a volver a quererte", cantó un poeta apartando la melena de la cara en una noche de verano en Ferrol. Qué ingenua fui siguiendo esa frase sin encontrar quién mereciese que se la dedicase.
Hoy, no voy a volver a quererte. Voy a volver a reír, voy a volver a vivir la vida que es demasiado corta, voy a volver a gritar lo que siento sin miedo a la respuesta, voy a volver a arriesgar para sentir un poco de adrenalina, voy a volver a mirar por mí por una vez.
Voy a volver a quererme.
jueves, 24 de diciembre de 2015
Latidos.
Te come la rabia, te puede el olvido.
Frío.
Sólo sientes frío.
Tu fuego lleva tanto tiempo apagado que no podría ser de otra forma.
La capucha cae hasta los ojos, los pantalones dejan pasar el viento por los mil agujeros con mil historias por contar. Pasos rotos que acaban atascándose en alguna grieta con la que no contabas.
Y llueve. Y la lluvia no cesa. O al menos no dentro de ti.
Escapar, que nadie sepa a dónde. Dejas que el corazón lata dentro pero sin que nadie lo escuche. Cuántas veces lo han oído y, cual cazador y presa, han disparado al vacío guiándose por el sonido. Y cuántas han acertado.
No vas a permitirlo más. Te ha quedado claro la última vez.
Hoy escaparás de verdad. Y contigo tu mecha sin encender, tus ganas acabadas y tus pies helados. Ya no te cazarán, pues llevas un antibalas. Y tu corazón no saldrá de ahí dentro, seguirá intentando no latir un día más. ¿Cuánto podrás aguantar sin vivir?
Sientes un golpe.
Calor.
De repente calor.
No habías pedido ni un día de sol y tienes un verano entero. A simple vista, bajo la luz, corres entre los árboles y pides clemencia. Pero la bala ya ha roto el chaleco.
Y no podías mantenerte en una cueva toda la vida. Por muchas rocas que pongas delante de ti. Por muchas corazas con las que te protejas. Hay chalecos antibalas que no pueden aguantar la fuerza con la que los latidos pretenden salir cuando se ha empezado a sentir demasiado.
A veces sólo queda dejarte llevar. No temas. No huyas. La rabia se acaba cuando llega el calor. Y cuando te han herido de bala sólo te queda esperar salir ileso. No te niegues. Es hora de abrir tu refugio. Es hora de aceptar que te han cazado. Que todo corazón tiene que latir hacia fuera alguna vez.
Frío.
Sólo sientes frío.
Tu fuego lleva tanto tiempo apagado que no podría ser de otra forma.
La capucha cae hasta los ojos, los pantalones dejan pasar el viento por los mil agujeros con mil historias por contar. Pasos rotos que acaban atascándose en alguna grieta con la que no contabas.
Y llueve. Y la lluvia no cesa. O al menos no dentro de ti.
Escapar, que nadie sepa a dónde. Dejas que el corazón lata dentro pero sin que nadie lo escuche. Cuántas veces lo han oído y, cual cazador y presa, han disparado al vacío guiándose por el sonido. Y cuántas han acertado.
No vas a permitirlo más. Te ha quedado claro la última vez.
Hoy escaparás de verdad. Y contigo tu mecha sin encender, tus ganas acabadas y tus pies helados. Ya no te cazarán, pues llevas un antibalas. Y tu corazón no saldrá de ahí dentro, seguirá intentando no latir un día más. ¿Cuánto podrás aguantar sin vivir?
Sientes un golpe.
Calor.
De repente calor.
No habías pedido ni un día de sol y tienes un verano entero. A simple vista, bajo la luz, corres entre los árboles y pides clemencia. Pero la bala ya ha roto el chaleco.
Y no podías mantenerte en una cueva toda la vida. Por muchas rocas que pongas delante de ti. Por muchas corazas con las que te protejas. Hay chalecos antibalas que no pueden aguantar la fuerza con la que los latidos pretenden salir cuando se ha empezado a sentir demasiado.
A veces sólo queda dejarte llevar. No temas. No huyas. La rabia se acaba cuando llega el calor. Y cuando te han herido de bala sólo te queda esperar salir ileso. No te niegues. Es hora de abrir tu refugio. Es hora de aceptar que te han cazado. Que todo corazón tiene que latir hacia fuera alguna vez.
lunes, 7 de diciembre de 2015
Como el claqué.
Sin más, se fue.
Ni te busqué, ni me encontré,
intenté perder el norte un poco más.
Me vi caer.
No me puse en pie, me levanté,
pero sosteniéndome en un soporte
irreal.
Pensé en volver.
Tuve miedo y ni siquiera peleé,
sabía que al comienzo iba a volver a
terminar.
Pregunté por qué.
Y no encontré respuesta, ni te hablé
de todo lo que un día me había hecho
delirar.
No recordé.
Dos locos tirados en el parqué,
mirando hacia el techo, quedaba mucho
por soñar.
Y me cansé.
Abracé otra espalda y pensé
que quizás el frío iba a empezar
pronto a quemar.
Me disfracé.
Pusé mil máscaras de papel,
para ocultar la lluvia que acabó por
traspasar.
Te volví a ver.
Perdí los estribos como ayer,
y creí que con diciembre iba llegar la
claridad.
Y llegó él.
Nunca creí llegar a perder
tanto la cabeza en poco tiempo sin
dudar.
Tuve fe.
En todas sus sonrisas me escudé,
dándole al amor el mal nombre que
siempre le quise dar.
Le supe querer.
Quizás fue porque te imaginé,
en cada te quiero que sin saber se
atrevía a pronunciar.
Como el claqué.
Mente en blanco, te borré, o eso pensé
mucho taconeo y poco avance en el arte
de olvidar.
Me equivoqué.
Tengo que admitirme de una vez,
que por muchas caras que te ponga el
reloj no vuelve atrás.
viernes, 30 de octubre de 2015
Sorrirás.
Os camiños partense en dous cunha facilidade sobrenatural.
Cando abres os ollos, xa non segues a mesma carreteira e, lonxe, ves como alguén baixa o brazo tras despedir todo o que un día compartichedes durante a viaxe.
E das un paso atrás, e outro, e así ata que caes na conta de que non trouxeches compás. De que non sabes cal é o norte e estás perdida en medio da nada.
Agora, os meus pés están comezando a moverse en sintonía cos teus e non podo agardar ata que os meus nocellos non coñezan outra maneira de seguir adiante que non sexa en paralelo aos teus. Pero seguramente nun mañá non moi lonxano, tocará rachar a corda que se formará entre as nosas pegadas na terra e... perdernos.
Por iso, creo que este é o momento que máis se disfruta e temos que disfrutar. É o momento cheo de dúbidas no que os pés non saben se xuntarse ou non, o momento no que ninguén entende nada.
Así que vén, vén e falemos. Falemos dos nosos soños, dos nosos medos, dispoñámonos a coñecer o fondo de quen temos en frente.
Vén e lévame a estar máis tolas que nunca. Que o mundo saiba que ti es o que lle da a volta a todo, que se estou noutro mundo é porque ultimamente este non o comprendo. Lévame a vivir o que nunca vivín, contigo. Vamos a empaparnos, a tirarnos a rolos, a ensuciarnos, a acabar pendurando dalgún acantilado e deixarnos caer. E ao día seguinte sorrir timidamente coma se nunca nos tiveramos visto antes. E facer como que non lembramos o ocurrido. Se te vin, non me lembro.
E mañá repetimos. Os días morren e as noites son eternas. Pois sabemos que vai rematar, algún día, e non quero arrepentirme. Así que senta, senta e mírame aos ollos, e déixame descubrir o por que de cada mirada, imaxinar a cantidade inimaxinable de sucesos que se dan ao longo dos sete mares, e as terras que estes bañan, durante o simple intre en que o vento te despeina, deixar de pensar que non existe nada máis e saber que, nese momento, aínda rodeados de mil xigantes, temos forza pra sobrevivir toda unha existencia.
Non necesitarte. Ser libre pero atopar, na miña liberdade, a capacidade de elixir arriscarme contigo.
E pasado mañá despedirnos. Sabíamos que chegaría o día.
Escríbeme unha carta. Cóntame como é a vida sen min. Cóntame se atopaches a túa Grándola, se estás no sitio no que serás feliz o resto da túa efímera vida. Cóntame que aprendiches a voar conmigo e que, aínda que a compañeira de voo sexa outra, segues conservando as mesmas ás.
Fuxirás. Escribirás, chegarán as túas palabras ao meu buzón e voltarán do meu puño e letra, agradecendo cada aperta inesperada e cada vez que non me esqueciches.
Sorrirás, sorrirei.
Pois foi breve a historia, pois non te necesito, pois non me necesitas, pois nos une o espacio que deixaron as cadeas nunca creadas.
E saberás que, por moi lonxe que nos desvíe a vida, ti marcaches o meu norte e eu son o único compás que coñeciches e coñecerás.
Sorrirei.
Sorrirás.
Cando abres os ollos, xa non segues a mesma carreteira e, lonxe, ves como alguén baixa o brazo tras despedir todo o que un día compartichedes durante a viaxe.
E das un paso atrás, e outro, e así ata que caes na conta de que non trouxeches compás. De que non sabes cal é o norte e estás perdida en medio da nada.
Agora, os meus pés están comezando a moverse en sintonía cos teus e non podo agardar ata que os meus nocellos non coñezan outra maneira de seguir adiante que non sexa en paralelo aos teus. Pero seguramente nun mañá non moi lonxano, tocará rachar a corda que se formará entre as nosas pegadas na terra e... perdernos.
Por iso, creo que este é o momento que máis se disfruta e temos que disfrutar. É o momento cheo de dúbidas no que os pés non saben se xuntarse ou non, o momento no que ninguén entende nada.
Así que vén, vén e falemos. Falemos dos nosos soños, dos nosos medos, dispoñámonos a coñecer o fondo de quen temos en frente.
Vén e lévame a estar máis tolas que nunca. Que o mundo saiba que ti es o que lle da a volta a todo, que se estou noutro mundo é porque ultimamente este non o comprendo. Lévame a vivir o que nunca vivín, contigo. Vamos a empaparnos, a tirarnos a rolos, a ensuciarnos, a acabar pendurando dalgún acantilado e deixarnos caer. E ao día seguinte sorrir timidamente coma se nunca nos tiveramos visto antes. E facer como que non lembramos o ocurrido. Se te vin, non me lembro.
E mañá repetimos. Os días morren e as noites son eternas. Pois sabemos que vai rematar, algún día, e non quero arrepentirme. Así que senta, senta e mírame aos ollos, e déixame descubrir o por que de cada mirada, imaxinar a cantidade inimaxinable de sucesos que se dan ao longo dos sete mares, e as terras que estes bañan, durante o simple intre en que o vento te despeina, deixar de pensar que non existe nada máis e saber que, nese momento, aínda rodeados de mil xigantes, temos forza pra sobrevivir toda unha existencia.
Non necesitarte. Ser libre pero atopar, na miña liberdade, a capacidade de elixir arriscarme contigo.
E pasado mañá despedirnos. Sabíamos que chegaría o día.
Escríbeme unha carta. Cóntame como é a vida sen min. Cóntame se atopaches a túa Grándola, se estás no sitio no que serás feliz o resto da túa efímera vida. Cóntame que aprendiches a voar conmigo e que, aínda que a compañeira de voo sexa outra, segues conservando as mesmas ás.
Fuxirás. Escribirás, chegarán as túas palabras ao meu buzón e voltarán do meu puño e letra, agradecendo cada aperta inesperada e cada vez que non me esqueciches.
Sorrirás, sorrirei.
Pois foi breve a historia, pois non te necesito, pois non me necesitas, pois nos une o espacio que deixaron as cadeas nunca creadas.
E saberás que, por moi lonxe que nos desvíe a vida, ti marcaches o meu norte e eu son o único compás que coñeciches e coñecerás.
Sorrirei.
Sorrirás.
domingo, 30 de agosto de 2015
Home is wherever I'm with you.
Hogar. Palabra versátil, cambia de significado cual camaleón adaptándose a las circunstancias.
Hablamos de hogar de forma equivocada mil veces, pues el sitio dónde vivimos no siempre es hogar. Esa palabra incluye una serie de sentimientos y una serie de colores especiales que no cualquier lugar es capaz de proporcionar.
De hecho, me resulta muy difícil asociar esa palabra a un lugar. En los lugares suceden cosas, se sienten emociones, se dicen palabras, se destrozan paredes, se rompen corazones, se aman personas, se saltan las normas, se viven momentos y se ríe la vida. Pero no es el lugar el que hace que todo esto suceda, siempre hablamos de forma impersonal, porque son personas las que provocan todo esto.
Las personas crean hogares. Pues sólo las personas son capaces de crear sentimientos tan fuertes que aten tu corazón a algo, tanto que necesites volver a ellas para sentirte en paz, para sentir que ese es el lugar dónde debes estar.
Cada persona llama hogar a un lugar diferente, normalmente con nombre y apellidos, o con el nombre que marca un punto en el mapa, convertido en destino remoto de un corazón que voló.
En mi caso, si algo puedo asegurar es que no conocí a persona a quién se le diese tan bien crear hogares como se te daba a ti.
Empiezo a pensar que esa es la razón por la que siento que no pertenezco a ningún sitio desde que te fuiste. Creaste amaneceres en días en los que al sol no le apetecía salir de su guarida, iluminando cada punta de la habitación donde fuimos lo que nunca contamos. Me haces echar de menos tu luz. Era un color diferente, Una mezcla entre el color de tu camisa favorita, la de los días especiales, y la valla que rompimos una de esas veces que nos escapamos del mundo en los días que éste se nos quedaba pequeño.
Sé que eres hogar por la forma que siento que la cuerda que un día trenzamos me sigue tirando hacia ti. Aunque a veces no sé dónde estás. Es extraño, pero siento que no encajo y me cambio de sitio instintivamente. Nunca sé a dónde voy pero, curiosamente, me cruzo contigo tras cada cambio.
Duelen las noches, soñando dormida, que puede parecer lo más natural, pero no lo era contigo. Soñar despierta se había convertido en un hábito y ahora vivo una pesadilla. Duelen los días, porque quizás ahora regales tus versos a cualquier musa que pretenda ocupar mi lugar, pero mi lugar está en tu espalda y espero cada roce te recuerde a mí.
Y es que el día que no me recuerdes, estaré perdida. Porque, como ya he dicho, nadie va a crearme un hogar como lo hiciste tú.
No voy a culparte por irte, sé lo difícil que puede ser acostumbrarte a vivir en medio de este desastre, pero yo no me iré. No aplico el ojo por ojo, Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego. Y para ciego tú, que marchaste sin rumbo ni mapa. Que buscas abrigo en tejados ajenos, volviendo siempre al mío, al que no te atreves a llamar hogar.
O yo. Que me he resignado a que no hay mejor tejado que el cielo abierto sobre tu risa.
Hablamos de hogar de forma equivocada mil veces, pues el sitio dónde vivimos no siempre es hogar. Esa palabra incluye una serie de sentimientos y una serie de colores especiales que no cualquier lugar es capaz de proporcionar.
De hecho, me resulta muy difícil asociar esa palabra a un lugar. En los lugares suceden cosas, se sienten emociones, se dicen palabras, se destrozan paredes, se rompen corazones, se aman personas, se saltan las normas, se viven momentos y se ríe la vida. Pero no es el lugar el que hace que todo esto suceda, siempre hablamos de forma impersonal, porque son personas las que provocan todo esto.
Las personas crean hogares. Pues sólo las personas son capaces de crear sentimientos tan fuertes que aten tu corazón a algo, tanto que necesites volver a ellas para sentirte en paz, para sentir que ese es el lugar dónde debes estar.
Cada persona llama hogar a un lugar diferente, normalmente con nombre y apellidos, o con el nombre que marca un punto en el mapa, convertido en destino remoto de un corazón que voló.
En mi caso, si algo puedo asegurar es que no conocí a persona a quién se le diese tan bien crear hogares como se te daba a ti.
Empiezo a pensar que esa es la razón por la que siento que no pertenezco a ningún sitio desde que te fuiste. Creaste amaneceres en días en los que al sol no le apetecía salir de su guarida, iluminando cada punta de la habitación donde fuimos lo que nunca contamos. Me haces echar de menos tu luz. Era un color diferente, Una mezcla entre el color de tu camisa favorita, la de los días especiales, y la valla que rompimos una de esas veces que nos escapamos del mundo en los días que éste se nos quedaba pequeño.
Sé que eres hogar por la forma que siento que la cuerda que un día trenzamos me sigue tirando hacia ti. Aunque a veces no sé dónde estás. Es extraño, pero siento que no encajo y me cambio de sitio instintivamente. Nunca sé a dónde voy pero, curiosamente, me cruzo contigo tras cada cambio.
Duelen las noches, soñando dormida, que puede parecer lo más natural, pero no lo era contigo. Soñar despierta se había convertido en un hábito y ahora vivo una pesadilla. Duelen los días, porque quizás ahora regales tus versos a cualquier musa que pretenda ocupar mi lugar, pero mi lugar está en tu espalda y espero cada roce te recuerde a mí.
Y es que el día que no me recuerdes, estaré perdida. Porque, como ya he dicho, nadie va a crearme un hogar como lo hiciste tú.
No voy a culparte por irte, sé lo difícil que puede ser acostumbrarte a vivir en medio de este desastre, pero yo no me iré. No aplico el ojo por ojo, Ojo por ojo y todo el mundo acabará ciego. Y para ciego tú, que marchaste sin rumbo ni mapa. Que buscas abrigo en tejados ajenos, volviendo siempre al mío, al que no te atreves a llamar hogar.
O yo. Que me he resignado a que no hay mejor tejado que el cielo abierto sobre tu risa.
lunes, 27 de julio de 2015
Si te tuviera frente a frente.
Si tuviera valor, cogería un avión y cruzaría el océano para decirte todo esto y deshacer lo que un día la distancia hizo con nosotros.
Si te tuviera frente a frente, me sentaría en el asiento del copiloto de tu coche, como solía hacer, y te pediría que parases en el descampado de siempre para contarte qué ha sido de mí y de ti conmigo. Te diría que ya no te veo en las noches de primavera cuando cierro los ojos y las lágrimas de mayo ya no caen sobre mis mejillas cuando anochece.
Si pudieras verme, te darías cuenta de que a esta poeta se le acabaron los versos un 8 de junio mientras la almohada se comía sus últimos gritos en forma de pareados. Verías que la inocencia se me cayó de las manos rompiéndose en mil pedazos, de los cuales novecientos noventa y nueve se perdieron al despedirnos.
Si estuviésemos cara a cara, te agradecería el haberme enseñado que la vida son dos días, y tardas uno en descubrirlo. Te daría las gracias por cada gesto que dejó, no por los suelos, si no a cuatro kilómetros bajo tierra a cualquiera de los que vinieron después de ti. Le pondría tu nombre a una estrella por cada noche en vela que pasaste a mi lado oyendo tu voz salir de mi teléfono, y tu suspiros que ahogaban llantos cada vez que decías un "te echo de menos".
Si pudiese caminar a tu lado de nuevo, recordaría como empecé a ser yo misma en el momento en que tú empezaste a aparecer a medianoche en mi jardín abrazando mis defectos y manías como si fueran las palabras más bonitas del diccionario de tus ojos. Te daría la mano y apretaría con la misma fuerza que me diste para seguir adelante sin ti.
Si fuese como tú, te llamaría y te pediría perdón por dejarte olvidarme, te admitiría que hoy has pasado por mi cabeza y has roto la cajita dónde te tenía guardado como si se tratase de un baúl de los recuerdos. Te hablaría de cómo me duele echarte de menos y no ser capaz de confesártelo, te confesaría que cada vez que sonrío de la forma que a ti te gustaba me cuesta encontrar las palabras para seguir hablando.
Pero como no soy tan directa como tú, ni puedo estar ahí, ni te tengo frente a frente, ni hay futuro posible para mí contigo, sólo dejo que lloren una vez más los versos de esta poeta que estaba muda sin ti.
Si te tuviera frente a frente, me sentaría en el asiento del copiloto de tu coche, como solía hacer, y te pediría que parases en el descampado de siempre para contarte qué ha sido de mí y de ti conmigo. Te diría que ya no te veo en las noches de primavera cuando cierro los ojos y las lágrimas de mayo ya no caen sobre mis mejillas cuando anochece.
Si pudieras verme, te darías cuenta de que a esta poeta se le acabaron los versos un 8 de junio mientras la almohada se comía sus últimos gritos en forma de pareados. Verías que la inocencia se me cayó de las manos rompiéndose en mil pedazos, de los cuales novecientos noventa y nueve se perdieron al despedirnos.
Si estuviésemos cara a cara, te agradecería el haberme enseñado que la vida son dos días, y tardas uno en descubrirlo. Te daría las gracias por cada gesto que dejó, no por los suelos, si no a cuatro kilómetros bajo tierra a cualquiera de los que vinieron después de ti. Le pondría tu nombre a una estrella por cada noche en vela que pasaste a mi lado oyendo tu voz salir de mi teléfono, y tu suspiros que ahogaban llantos cada vez que decías un "te echo de menos".
Si pudiese caminar a tu lado de nuevo, recordaría como empecé a ser yo misma en el momento en que tú empezaste a aparecer a medianoche en mi jardín abrazando mis defectos y manías como si fueran las palabras más bonitas del diccionario de tus ojos. Te daría la mano y apretaría con la misma fuerza que me diste para seguir adelante sin ti.
Si fuese como tú, te llamaría y te pediría perdón por dejarte olvidarme, te admitiría que hoy has pasado por mi cabeza y has roto la cajita dónde te tenía guardado como si se tratase de un baúl de los recuerdos. Te hablaría de cómo me duele echarte de menos y no ser capaz de confesártelo, te confesaría que cada vez que sonrío de la forma que a ti te gustaba me cuesta encontrar las palabras para seguir hablando.
Pero como no soy tan directa como tú, ni puedo estar ahí, ni te tengo frente a frente, ni hay futuro posible para mí contigo, sólo dejo que lloren una vez más los versos de esta poeta que estaba muda sin ti.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)