viernes, 21 de abril de 2017

Colores del cielo.

Escuché a Xoel cantándole a mi memoria, mientras observaba las calles que tanto me había imaginando y ahora superaban expectativas a saltos.

Dancé en mi interior entre mis cruces y mis apoyos, levanté la voz para cantarle a las flores que adornaban cada uno de mis pasos.

Descubrí nuevos corazones ardientes en cada esquina, la amabilidad de la gente, la amplitud del alma de los habitantes de aquel lugar. La tierra nueva que me daba la bienvenida, mientras veía a los viejos amigos llenar mi vida una vez más.

Me desperté viviendo un sueño de repente hecho realidad, ojos que reflejaban el color del mate, nervios, decepciones, risas, cosquilleos y sorpresas que recorren la ciudad.

Amigos del azar y casados con la aventura, mil viajeros se habían aventurado antes a descubrir su encanto y, ahora, entiendo por qué todos quedaban enamorados de este.

Nosotros también quisimos hacer de aquel hogar el nuestro, proclamándonos dueños de su alegría. Forasteros, rompiendo esquemas entre los parques y acabando tirando al agua nuestras penas en aquel puerto sin fin.

Y el obelisco presenciaba, desde las nubes, tristes despedidas que no dejaban buen sabor, escapadas impulsivas que le daban final a historias pasadas.

Temí quedarme enamorada de ese color tan especial que transmitía su cielo, mezclando un azul vivo y un blanco sedante sacados de una bandera.

Finalmente, me enamoré, pero de la simple idea de seguir viajando el mundo para poder contarle a cada piedra del camino cosas como esa. Cosas como lo bello que es Buenos Aires.

martes, 11 de abril de 2017

Días.

Hay días en los que la calma
llega entre la tempestad
creando una falsa esperanza
de que esta está cesando
aunque al final
siempre vuelva.

Hay días más grises que negros
y menos blancos que grises
que dejan entrever que, a veces,
no todo es blanco o negro.
Aunque, a decir verdad,
el gris tampoco es lo suficientemente positivo
como para conformarnos
con que sea el punto intermedio.

Hay días llenos de alcohol
que cura heridas de bala
dejadas por la incertidumbre
de no saber si estás dónde debes,
si hacer lo que se espera
y si sientes lo que mereces.
Días que llevan a otra incertidumbre,
después de tres o cuatro copas,
de no saber si debes estar
o si todavía esperan que hagas,
y si mereces que sientan
el mínimo cosquilleo por ti.

Hay días que te recuerdo
y otros que sólo eres
un corte mal curado,
una espada manchada de olvidos,
otra razón para no recordarte.

Hay días que no conocen los sueños
y otros que los hacen realidad.
Todo depende de si decides creerte
que te levantaste con el pie derecho
o darte cuenta de que,
por mucho pie izquierdo que apoyes,
si las cosas tenían que salir mal,
iban a salir mal de todas formas.

Hay días que deberían pasar volando,
aunque duela que se vaya acortando la vida tan rápido,
y días que tampoco duran para siempre,
pero cuyo recuerdo es completamente eterno,
ya que paralizan el tiempo,
hasta que llegan esos primeros días
que abren las alas y el reloj empieza a acelerar.

Y hay días que sólo escribes sobre otros días.

También es cierto que
hay días
que son para escribirlos.

sábado, 4 de marzo de 2017

Scars.

Marzo otra vez.
Otra vez tu cumpleaños.
Y, otra vez, no sé qué decir.
Llevo mucho tiempo sin decir nada de ti.
Ni siquiera a mi cuaderno,
ni siquiera a mi reflejo,
ni a mí guitarra,
ni a la puerta del baño de algún antro perdido.
Suena Scars y no me considero digna
para hablar de cicatrices.
Llevo una desde hace años
que nunca he aprendido a curar.
Tiene razón James Bay:
quizás nunca podré dejarte ir del todo
hasta que vuelva a abrazarte una vez más
y sentirte helado después de todo este tiempo.
Y, para mi desgracia,
eso no creo que ocurra.
O para mi suerte,
que probablemente no sería capaz de soportar
el volver a decirte adiós.
Realmente,
no sé que pasa cuando llega tu día,
si te recuerdo a ti,
o nos recuerdo,
o me doy cuenta
de que ya no soy la misma niña tonta
que un día no supo arriesgar.
Cuánto han cambiado las cosas.
En el viejo pueblo
donde las carreteras se nos hacían cortas
para perder tanto el rumbo
ya no se ven las mismas caras
(o eso me han dicho).
Y, desde que me fui,
quedó un vacío en algunos corazones
que no se llena ni con los trozos sobrantes
de los huecos que el mío se llevó de allí.
Me gustaría saber si llenaste tu corazón,
que un día dijiste imposible de recomponer.
Si olvidaste ya ese sentimiento
que para mí no tuvo sustituto.
Si, como yo,
todavía te acuerdas de mí
cuando llega mi cumpleaños
y también callas,
como llevamos años haciendo.
Silencios.
Qué necios somos
y seguiremos siendo.
Si, en el fondo, sabemos
que hay un primer amor
que nunca se olvida.
Que hay historias que terminan
sin un "Fin".
Que todavía no podríamos
mirarnos a la cara
sin ponernos a temblar.
Que te escribí hace tiempo
lo que pasaría
si te tuviera frente a frente
y, ahora que dejé de mentirme a mí misma,
sé que me daría cuenta,
como dice la estúpida canción
que sigue sonando mientras te escribo,
de que ya no puedo vivir más sin ti.
O sin lo que era contigo.
O sin lo que éramos juntos.
Creo que no me haces falta tú,
si no alguien como tú,
algo como aquello.
Y es que ya no es echar de menos...
es una cuestión de olvido o muerte.

jueves, 16 de febrero de 2017

Dormir con vos

Fue fugaz
como el rayo de sol entre las nubes
en un invierno tropical ecuatoriano.
Intenso,
como la gente del sur que tanto amo.
Y fue dulce,
como un beso y un café
al despertar temprano en la mañana.

El día que profanan
dándole el mal nombre del amor
despidió un encuentro
que no supo valorarlo,
encerrándose en sentimientos vacíos
por miedo a sentirse llenos
justo antes de decirse adiós.

Y duele el corazón
que late hoy más rápido de lo que acostumbra.
Y lloran las caricias que se quedaron por dar.
Y tus ojos y los míos se cruzan
y se miran frente a frente,
evitando un contacto que aún me quema las retinas.

Me hago parte de tu cuerpo
entre besos escondidos,
me buscas bajo las sábanas
de las que quiero escapar.
Me calaste hondo
en un microsegundo
cambiando mi droga
por tu adicción.

Y me he vuelto yo también adicta a ti,
a que susurres a mi oído
que esta noche no quieres dejarme ir.
Pero,
como cada droga,
es necesario desintoxicarse
antes de que sea tarde.
Tan tarde como esta madrugada
en la que me matan las ganas
pero me faltan agallas
para dejarme caer en el acantilado
de un 14 de febrero
por ti
(y contigo).

Por eso,
porque me arde el pecho
cuando te tengo a centímetros,
me veo obligada a decirte,
aunque pierda de vista en la distancia
esa sonrisa traviesa,
que hoy...

Hoy no puedo dormir con vos.

domingo, 29 de enero de 2017

No quedan atardeceres.

Escribo
porque sé que tú sigues leyendo
y, si lees,
es porque aún esperas que te escriba.
En cambio tú
ya hace tiempo que no me escribes
y, he de decir,
que esta vida se hace dura sin tus versos.
No diré que no me importa
porque ya me harté de mentiras
y porque hay sensaciones que tú,
mejor que nadie,
sabes que no sé ocultar.
Lo sabes mejor que nadie,
porque me conoces mejor que nadie,
porque me ayudaste a construírme
y a deconstruírme,
porque no tenemos la misma sangre
pero te llamaría hermano,
porque te escribí "Amigo"
pensando que nadie
le podría hacer tanto honor a esa palabra.
Aunque, hoy,
ya no sé dónde quedaron
las promesas grabadas en las rocas,
ni los barcos que dejamos desaparecer
en ese nuestro horizonte.
Sólo queda un barco de papel
que te empeñas en hundir
a pesar de que yo intento mantenerlo a flote.
Podría huír
y, si te he visto, no me acuerdo.
O fingir que ese lugar
que un día compartí contigo
vuelve a ser sólo mío.
Pero no soy tan frágil
como para rendirme a la tercera,
sin pelear por unos segundos más
de esa lógica absurda
con la que quisimos interpretar
este caos que quieren llamar existencia,
sin saber lo que es realmente existir.
Así que me limitaré a hacerte saber,
si aún sigues buscando calma en mis letras,
que si algún día todo muere,
todavía eres el único que sabe dónde me escondo.
Y que pase el tiempo que pase,
amigo,
mi poeta favorito
seguirás siendo tú,
aunque yo ya no esté
ni en tu lista de "después lo leo".

miércoles, 18 de enero de 2017

No me salen las cuentas.

Ya no me salen las cuentas
de cuántas veces me he caído de la cama
por pensar que el suelo estaba más cerca.
No me salen las cuentas
al pensar que me he lanzado al vacío
pretendiendo aterrizar sobre seguro
y nunca fue así.
Pensaba que éramos perfectas imperfecciones vagando por este mundo
que ya no cree en los milagros
esperando uno que nos diese la señal.
Pero no me salieron las cuentas
en las noches de diciembre en que escribí mil versos tristes
esperando a que alguien me cambiase a Neruda por otro poeta menos cobarde,
que hubiese escrito palabras repletas de luz
aún cuando no se había ni inventado el fuego.
Pero fuimos tan sólo imperfectos,
sin ni un atisbo de perfección.
Y,
esto,
nos destruyó.
Cegamos los ojos de los visionarios que anunciaban buenos tiempos,
quienes dejaron de verse hasta en el espejo.
Intentamos reconocer el fallo
sin darnos cuenta
de que nunca hubo uno.
Y por eso siguen sin salir las cuentas
de las rayas que dibujé en la pared
contando los días para verte.
Fueron,
en mi opinión,
demasiadas
para que al final,
contra todo pronóstico,
acabásemos siendo demasiado imperfectos
como para permitir que algo funcionase perfectamente
entre tú
y yo.


martes, 10 de enero de 2017

Nadie.

Sin querer,
me creí bala perdida
como si en algún momento
hubiese pertenecido a alguien
o a algo
o a algún lugar.

Y, sin querer,
(queriendo)
me perdí sin haber conocido nunca
ni el principio de mi camino,
en busca respuestas que,
ojalá,
nunca me llevasen a encontrarme.

Me aferré a unas raíces
que nunca fueron las mías
creciendo como un injerto mal plantado
de un árbol que estaba a punto de secarse del todo.

Me creí capaz de florecer
con flores que nunca fueron de mi especie
y di frutos que no valían ni para adornar la mesa.

Y me pregunté...
¿para qué?
Mirando a todos lados buscando una escapatoria
que me ayudase a dudar de todo,
como Descartes,
hasta de mi propia existencia,
pues aún no tengo muy claro
si existo porque pienso
al no saber si pienso
o sólo enredo ideas que aún no sé procesar.

Y salí a respirar,
como si el oxígeno pudiese activar corazones,
inhalando bocanadas de gas lacrimógeno casero,
de ese que hacen con mentiras,
un pasado que es mejor no recordar
y dedos rotos en pedazos tras contar a los que creía amigos con los pocos de mis manos.

Pero a mis lágrimas les faltaba sal
y vine a buscar montañas blancas que no se riesen de mí con la felicidad de la nieve.

Aquí estoy dejando mi huella en la arena,
preguntándome si este desierto podría ser un oasis
cuando se trata de una vida que hoy encuentro tan árida.

Si quizás este silencio podría confundir
a todas las voces que,
en mi cabeza,
siguen llamándome
nadie.